miércoles, 9 de octubre de 2013

El Inglés y una Despedida Silenciosa

Aún no encontrábamos casa después de haber visitado varios departamentos, casitas y casonas. La verdad es que siendo 6 personas de diferentes edades y necesidades era complicado encontrar un inmueble apropiado para establecernos. Cuando ya tenía 18 años y seguía sin estudiar ni trabajar mi abuela que vivía con nosotros me ofreció pagarme las clases de inglés. Es decir, que continuara lo que empecé estando en el colegio y que no pude seguir por los problemas económicos familiares. Solicité ingresar al Británico y tuve que pasar un examen de clasificación. Como todos los institutos de inglés de ese tiempo me calificaron más bajo para que lleve más ciclos: me mandaron al primero de todos los niveles cuando yo había estado casi en intermedio. Esto se hizo evidente cuando aprobé los cuatro primeros ciclos con la máxima nota posible.

Para entonces ya habían empezado a llegar al barrio nuevos amigos de lugares más alejados. Y algunos con personalidades medio extrañas, otros con costumbres no muy santas. Estaba el que tenía mucho dinero pero lo usaba para tomar alcohol en todas sus preparaciones y presentaciones, el otro que era mucho más amable pero consumía ciertos polvos no muy sanos de vez en cuando. El ser tan callado hizo que me vuelva muy observador por lo que las conductas de muchos se me hicieron evidentes y tuve que tomar una decisión: no saldría más con el nuevo grupo que se iba formando. Entre ciertos comportamientos que no encajaban con mi propia conducta y que sabía que pronto nos mudaríamos llegué a la conclusión que lo mejor era empezar a alejarme. De todas formas, los que fueran en ese entonces mis amigos más cercanos ya se habían mudado. Era, como quien dice, hora de echar raíces en otros lados.

Ya tenía previsto todas las actividades que realizaría entre el inglés y el deporte en casa. Cabe mencionar que en ese año ya me "entrenaba" solo (Ver entrada: "Deportes Caseros"). Entonces no me era tan necesario contar con el nuevo grupo del barrio. En el inglés destaqué rápidamente ya que al haber sido incluido en un nivel tan bajo las "A" llegaron sin mucho esfuerzo durante los 3 o 4 primeros ciclos. Los siguientes ya requirieron más esfuerzo. Aparte de ello, con una pequeña mejora en la economía de casa mi madre me ofreció ayudarme con una carrera técnica corta que podría servirme a mediano o largo plazo. De esta forma empezaba a estar más ocupado y a formar parte de dos nuevos grupos de amigos, casi todos bastante mayores que yo. Ambas nuevas experiencias serán motivo de los próximas entradas.

miércoles, 25 de julio de 2012

Dolores Auditivos

Una de mis mejores amigas me hizo recordar uno de mis más comunes padecimientos de niño: los dolores de oído. Parece que mi memoria optó por borrar estos eventos por un tiempo o será que nunca me volvió a doler. Lo cierto es que fue uno de mis terrores cuando me pasaba, este dolor sólo podría describirlo como semejante a cuando se destapan de golpe los oídos al cambiar bruscamente de altitud. Por ejemplo, cuando uno baja de una altura de sierra a la costa y se le ocurre bostezar: el golpe que se siente dentro del tímpano es feo, pero si uno se imagina varios golpes que le resuenan dentro de cada oído como mazazos uno detrás de otro, entonces tendrá una idea de cómo era mi problema cuando era atacado por este mal.

No recuerdo si era uno de los síntomas del resfrío o de la gripe o venía sin compañía. Pero sí recuerdo que alguna relación tenía con las "cucarachas" que mi otorrino, el doctor Watanabe me sacaba cada cierto tiempo del fondo de las orejas. Recuerdo las persianas verdes de su consultorio y las inagotables revistas de Condorito que leía mientras esperaba mi turno. Se ponía su vincha con una pequeña lamparita adosada a la misma y cogía una especie de tenaza de metal la cual introducía en mi oreja. Aún puedo evocar el frío que se sentía cuando su herramienta chocaba con las paredes del oído y las pequeñas cosquillas que me daba cuando jalaba alguna pequeña masa marrón, o poco más, de allí dentro. "Mira las cucarachas que saqué" me decía orgulloso blandiendo lo que había pescado de dentro de mis orejas. Y fue también él quien me recetó las gotas para el dolor de oído. Se llamaban "Audal" y fueron una bendición para calmar aquel padecimiento que de niño me atacaba periódicamente.



El "Audal" era un pequeño chisguete amarillo parecido a una pomada, sólo que lleno de un líquido medio viscoso y amarillo. Debía poner agua caliente en un vaso, utilizaba uno de plástico y el agua del termo del comedor, y una vez que estuviera por lo menos tibio tenía que echarme de costado con la oreja dolorida hacia arriba y echarme un par de gotas presionando el tubo para seguidamente taparme el oído con un pedazo de algodón. Debía estar así por lo menos unos diez minutos para evitar que el líquido se regrese. Y cuando no esperaba lo suficiente, el efectivo "Audal" se encargaba de hacerme echar de nuevo cuando se regresaba quemándome buena parte del interior de mi oreja. Si me dolían ambos oídos debía repetir el proceso con el otro lado. Indefectiblemente, el pedazo de algodón siempre salía manchado de amarillo intenso. Y yo terminaba efectivamente aliviado.



No recuerdo que haya vuelto a tener un dolor de oídos como el descrito desde hace muchos años. No sé si tendrá algo que ver con mi intensa capacidad auditiva actual pero lo cierto es que esa habilidad para escuchar hasta el más mínimo detalle de lejos también puede ser una desventaja rayando en la tortura: hoy necesito usar tapones para dormir pues al tener tan desarrollado el oído puede despertarme el sonido de las gotas de lluvia cayendo en mi jardín o una señora pasando con tacos delante de la puerta de mi casa. Considerando que mi cuarto queda casi al fondo de la casa es evidente que no podría dormir sin los tapones salvadores, salvo que esté realmente agotado. Y ya tengo mi provisión de cajitas por si a la compañía que los fabrica algún día se le ocurre descontinuarlos.

jueves, 19 de julio de 2012

Buscando Nueva Casa

En alguna de las entradas anteriores hay alguna somera descripción de la casa de San Isidro. Recuerdo que alguna vez escribí que casi todos mis sueños que transcurren en una casa, son en ella. Digamos que mis vivencias de los 0 a los 18 años quedaron muy marcadas allí. Solía decir que si algún tenía demasiado dinero, la compraría y la modificaría hasta dejarla igual o casi igual a como fue durante esos años. Y tendría que recomprarla porque la tuvimos que vender. La economía en casa se fue resquebrajando con los años y con los gobiernos. Gracias al milagroso primer gobierno de Alan García, más conocido en esos años como "Alan Damián", nos fuimos casi a la quiebra. Digo milagrosos porque para que una sola persona atrase por cerca de 20 años a todo un país, pues no hay que restarle méritos creo yo. Nuestra casa, si mal no recuerdo, tenía cerca de 400 metros de terreno y unos 200 y poco más de área construida. Era bastante grande y albergó a mis dos padres, mis dos hermanos, mi abuela y durante buen tiempo a mi tía abuela también. Y a veces, a alguna trabajadora del hogar, que alguna vez requerimos.

Es decir, alguna vez llegamos a ser ocho personas conviviendo casi cómodamente. Pero los tiempos cambian y la economía también. Durante el año 1990 y 1991 estuvimos viendo de vender la casa pero siendo tan grande nadie parecía dispuesto a comprarla y menos aún, pagar lo que realmente valía. Y como somos previsores, nos pasamos ese tiempo viendo casas y departamentos, cual corredores inmobiliarios. Puedo decir que la experiencia me gustó mucho: el visitar en una casa, poder sentir algo así como su "personalidad" y también encontrar todas sus fallas o cositas escondidas que ni los dueños o el corredor querían que uno notara. Lo que menos deseaban es ver a un chiquillo, prácticamente recién salido del colegio con una especie de maldito radar que los ponía en apuros para explicar tal grieta acá, tal humedad allá y cuanta cosa sintiera que andaba fuera de lugar. Y también era un problema cuando visitaban nuestra casa ya que mi abuela nunca quería estar visible. Debido a que su cuarto quedaba en el primer piso, era el primero que llegaría a ver cualquier visitante. Nos daba tiempo de avisarle pues quedaba al fondo del corredor. Pero alguna vez nos tomaron de sorpresa, cuando le avisamos que una pareja de señores vino a ver la casa no dio tiempo de que se fuera escaleras arriba o se pasara al patio por la puerta adicional que tenía el jardín. Le sugerimos que se quedara sentada en su mecedora mientras tejía y que no se preocupara a lo cual asintió, al parecer no muy convencida.

Grande fue nuestra sorpresa cuando llegamos al cuarto de mi abuela con la pareja visitante y ella no estaba. Nunca la vimos salir y era imposible que haya salido por el patio en otras ocasiones. Lo cierto es que se esfumó. Algo que le llamó gratamente la atención a nuestros visitantes fueron los amplios closets que teníamos. Puertas corredizas y bastante fondo tanto que podían caber dos o tres personas al mismo tiempo. El señor abrió una de las puertas y asomó un poco la cabeza. Una sospecha pasó al mismo tiempo por la mente de mi madre y la mía y respiramos aliviados cuando el visitante decidió no entrar a revisar más adentro del closet. Una vez que se fueron los sorpresivos visitantes prácticamente corrimos al cuarto de la abuela a cerciorarnos si es que estaba donde creíamos. Pues adivinamos: había acomodado un banquito al fondo del closet y se había sentado ahí a leer medio tapada por algunas prendas que colgaban de sus respectivos ganchos. Si nuestro visitante hubiera metido más la cabeza hubiera encontrado a una anciana tejiendo metida en un closet y podría haber pensado que la maltratábamos metiéndola allí o quizá nos hubiera preguntado si venía incluida con el inmueble. Lo cierto es que nos pasamos más de un año tratando de vender nuestro querido caserón y buscando donde mudarnos. Pero el desenlace de la mudanza aparecerá recién en la próxima entrada.