miércoles, 19 de enero de 2011

Juegos Peligrosos III

He mencionado la mayoría de juguetes que tuve en las dos entradas anteriores de "Juegos Peligrosos" pero olvidé un detalle: la mala suerte que tuve con ellos. Esto merece una explicación: una de mis tías siempre traía regalos para nosotros cuando venía de Estados Unidos. Y teniendo otro tío que también vivía allá, pues de hecho me completaba los ansiados juguetes de regalo. Sospecho que buscaban los más populares, los que estaban de moda, pero sin tener en cuenta que en los años ochenta en Lima, lo que estuviera de moda en Estados Unidos tardaría en llegar acá dos o tres años más por lo menos. Cuando tenía 6 o 7 años tuve el lujo de poder jugar con un muñeco de Darth Vader, el máximo villano de la Guerra de las Galaxias. Pero no había visto la película y menos había llegado aún al Perú la segunda (El Imperio Contraataca). De esta forma el buen Vader vivió y murió perdido en algún lado a manos de un niño que no tenía idea de que actualmente no habría forma de encontrar un juguete como ese y lo que valdría para un coleccionista.

Mi tío, pasados unos pocos años, me trajo un set de tres personajes de La Guerra de las Galaxias (hasta ahí aún no sabía que Vader era del mismo universo). Estos personajes eran tres robots, uno que parecía un televisor, uno parecido a R2D2 (Artudito) y uno parecido a C3PO (Citripio) pero eran ellos. Y cuando recién pude ver las dos películas siguientes nunca los vi en la pantalla. De mayor los ubiqué en la primera película: eran una especie de robots dañados que son desechados y en lugar de ellos son escogidos los dos robots famosos. En otras palabras, ahí me enteré que tenía los robots más "monses" de la película.




Otro tanto me sucedió con el muñeco "Beast" de la serie de dibujos animados "He Man". Llamaba la atención el tener un muñeco articulado y con su látigo. Pero cuando llegó la serie al Perú resultó que el tal Bestia (la traducción en castellano) era realmente una bestia y lo traducían con voz de tonto. En otras palabras, tenía en mi poder al "asistonto" del gran villano de la serie que era el imponente "Skeletor". Ahora que están más o menos de nuevo los "Transformers" de moda puedo recordar cómo me emocioné cuando la serie llegó a Lima. Yo ya tenía desde algunos años antes a Blaster, un robot que se convertía en un dinámico... radio. Mientras que los otros robots volaban convertidos en aviones supersónicos o corrían convertidos en diferentes autos el mío hacía... nada. Sólo parecer un radio. Y su aparición en la serie de dibujos animados duraba... un capítulo.



Como conclusión podría decir que tuve mala suerte con cada personaje que tuve de cada serie popular de cuando era niño. Por ejemplo, me regalaron dinero para comprarme cualquier juguete y como "Stratos" una especie de hombre - pájaro que salía en "He Man" era mi favorito, fui a la tienda a comprarlo. Cuando llegué se había terminado así que terminó en mi poder el único personaje disponible: "Ram Man" el gordito saltarín amigo de "He Man" que rompe todo con la fuerza de su salto y su cabeza lo cual lo hace hablar como tonto. En mi defensa puedo decir que yo tuve a los diferentes, a los únicos, a los que nadie más tendría y sería muy difícil que los consiguieran. De hecho en esa época nadie los importaría pues no tenían mucha salida, pero para un niño con suficiente imaginación eso no importa...

domingo, 5 de diciembre de 2010

Caídas Memorables

En realidad el título de la entrada debería llamarse "caídas vergonzosas" si me atengo al contexto de cada una. Y eso que no recuerdo todas pero una búsqueda minuciosa en mi memoria me hizo recordar dos de cuando era niño que me hicieron llorar a moco tendido pero no por el dolor de alguna parte de mi cuerpo si por el dolor de mi orgullo.

Para la primera de ellas no logro situar el año pero sí recuerdo que estaba bastante pequeño y que habíamos ido a visitar a una tía mía por parte de mi papá. No estoy seguro si era una casa con piscina o si la casa quedaba cerca al club que tenía una. Lo que sí recuerdo claramente es la advertencia de mi madre diciéndome que tuviera cuidado al andar al borde de la piscina, no fuera a ser que me resbale y me cayera dentro porque no había mucho piso y menos aún tenía ropa de baño pues estaba con ropa de calle ya que se suponía era una visita familiar. Como desde pequeño siempre fui curioso empecé a caminar alrededor de la piscina teniendo cuidado de no acercarme al borde. Como había sido utilizada hace poco tenía varios pequeños charcos al parecer de agua salpicada cuando mis primos lejanos se lanzaban a la gran masa de agua (debido a lo inmensa que me parecía debe haber sido una piscina olímpica).
En el último de los charcos y ya a un paso de terminar mi investigación de los alrededores de la piscina uno de mis pies patinó en el agua y terminé cayendo sobre el agua, pero no de la piscina sino del charco mismo causando tal explosión de gotas que terminé empapado. Cuando me llevaron al cuarto de uno de mis primos para que me prestaran ropa seca, la empleada que me ayudó no podía creer que no me hubiera caído dentro de la piscina debido a la cantidad de agua que exprimieron de mi ropa. En esa ocasión la empapada disimulo mis lágrimas: una mezcla de susto, vergüenza y humillación por lo torpe que fui. ¿A quién se le ocurriría poner un charco traicionero en mi camino?


Otra caída que recordé fue peor que la anterior pues esta vez tuve público masivo y fui el hazmerreir de la tarde... Acabábamos de llegar de un largo paseo en el carro verde palta (ver entrada "Largos Paseos, Terribles Canciones") y mi hermano y yo decidimos ir al parque que quedaba a una cuadra y donde jugábamos partidos de fulbito. Como los que jugaban eran los grandes yo sólo iba a ver y mi hermano a jugar. Él llegó antes y yo que lo había seguido me encontré con que el parque había sido regado hacía poco y que estaba con barro por todos lados. Por ello empecé a caminar con mucho cuidado buscando partes que no fueran muy resbalosas. Lastimosamente me topé con la parte más deslizante de mi vida y aterricé de costado sobre el barro.
No sé cómo se me habrá visto pero las risas de todos los que me vieron caer fue lo que más me dolió y con lágrimas en los ojos y realmente molesto me regresé a mi casa. Como estando tan embarrado no era prudente entrar a la misma opté por irme a un bañito que había en el patio no sin antes tener que aguantar la risa de mi hermana a la que le pareció que podía hacerle competencia al monstruo del pantano... Afortunadamente pude dejar de reírse luego de un rato y me alcanzó ropa limpia pero ya no quise volver a salir de la casa y menos acercarme a ningún jardín o parque durante una semana como mínimo.

Las otras dos caídas vergonzosas fueron en bicicleta, una con la primera que compré y que fue producto del exceso de velocidad. Había salido ya casi de noche y me dirigía hacia el distrito de Miraflores por la ciclovía de la avenida Arequipa. Teniendo tantos años usando una bicicleta me había vuelto muy rápido aunque siempre cuidadoso. Pero esta vez aparecieron unos niños, serían cuatro o cinco en sus bicicletas y aparentemente haciendo carrera entre ellos. Cuando los vi acercarse decidí acelerar pensando en que quizá podían chocarse conmigo pero sospechando que en realidad lo que movía más rápido a mis piernas era mi orgullo. Como me conocía de memoria todos los huecos de la ciclovía, recordaba que por el distrito de Lince había uno bastante grande que después de pasarlo daba a una especie de grieta en la vereda por lo que normalmente bajaba la velocidad para poder pasarlo. Esta vez decidí aprovechar el impulso del hueco (era un desnivel) para pasar este y la zanja sin tener que reducir la velocidad. Y lo logré solo que al parecer la llanta trasera no salió a tiempo de la grieta y cuando seguí avanzando vi como mi timón se movía de lado a lado sin que pudiera controlarlo. Acto seguido me estampé en el piso. Todo pasó en pocos segundos y en unos segundos más pasaron los chiquillos que venían más atrás. Uno de ellos me miró burlón y preguntó socarronamente: "¿Te caíste?". Literalmente mi orgullo estaba por los suelos y el resultado fue mi mano izquierda vendada un par de semanas ya que la bicicleta y yo mismo caímos sobre ella.

La última caída que recuerdo fue hace poco más de un año. Tenía ya la bicicleta que la universidad me había reemplazado por la que me robaron y estaba acostumbrado a ir a trabajar a mi taller de tenis de mesa en Miraflores ida y vuelta en ella. El trayecto lo hacía en unos cuarenta minutos en promedio. Aquel día apenas salí del colegio empezó a llover y ya no podía regresarme y como estaba en short y con una casaca delgada e impermeable preferí seguir camino.

Consideraba peligroso manejar bicicleta bajo la lluvia pero afortunadamente la mayoría de las pistas son porosas y absorben el agua. De todas formas manejé más lento y con mucho cuidado ya que los carros también patinan con la humedad. Demoré casi una hora y entré por la puerta grande de mi universidad sin contratiempo. Recorrí la avenida principal lentamente, di vuelta hacia la derecha y en el último recodo al voltear hacia la izquierda ya para llegar a mi oficina olvidé que no debía presionar el freno al girar el timón. La bicicleta patinó, se fue de costado y la gravedad hizo lo suyo causando que cayera sobre mi brazo izquierdo. Antes de moverme repasé mentalmente todo mi cuerpo para estar seguro que no tenía nada serio mientras pasaba una secretaria de la universidad (suelen estar uniformadas) y cuando la miré me dijo "disculpe joven, yo no puedo levantarlo" y siguió su camino con paso aún más rápido. Un "¿estás bien?" habría sido suficiente. Cuando logré levantarme me di cuenta que estaba lleno de barro debido a la lluvia en el piso que acababa de visitar de muy cerca. Mi mano izquierda me dolía así que llegué a la puerta de la oficina, despeinado, embarrado y con el brazo izquierdo sujeto por el derecho. Los ojos de la chica que trabajaba conmigo entonces se abrieron a su máximo expresión y preguntó: "¿te han atropellado"?? Creo que esa era la mejor descripción de cómo me veía en ese momento después chocado directo y sin escalas con el cemento del piso. Me acompañó al servicio médico donde me vendaron el brazo y me dieron pastillas para el dolor. Cuando alcancé a mi amiga en la oficina que compartíamos me confesó que después de ayudarme a que me atiendan y cuando ya estuvo segura de que no tenía nada grave no pudo evitar reírse...

lunes, 8 de noviembre de 2010

Mi Primera Mascota (2da parte)

Mi primera mascota fue en cuanto a propiedad mi pihuicho (perico verde del Amazonas). Nos regalaron dos, uno para mi hermana y uno para mí. Mi loro como lo llamábamos era el más grande y de hecho algo más viejo, aunque nunca tuvimos idea de que edad podría tener. Como el loro de mi hermana se escapó al poco tiempo compramos otro que era también algo pequeño parecido al que se fugó. Los dos primeros días recibió una pequeña paliza de parte del loro antiguo, "derecho de piso" supongo. Cuando al tercer día ya sospechábamos que no sería muy prudente mantenerlos juntos en la misma jaula los encontramos rascándose mutuamente lo cual era señal inequívoca de que habían firmado la paz (o la rendición en el caso del loro más pequeño).

Fue poco tiempo después cuando empezaron a revelar su verdadera personalidad: llegamos a la conclusión de que no eran pericos normales. Es difícil de explicar, quizá baste el siguiente ejemplo: un tiempo se empezaron a arrancar ellos mismos las plumas del cuello y como paraban pelados de esa parte cual cóndores, decidimos llevarlos al veterinario. Una de las teorías del cándido doctor es que estaban mudando de plumas, pero cuatro meses seguidos era demasiado para que siguieran com disfrazados de buitre. Su otra teoría es que quizá debíamos darles una alimentación más variada y no solamente alpiste. Nuestra carcajada debido escucharse en tres distritos a la redonda lo que hizo preguntar al sorprendido doctor: ¿qué comen? Cuando mi hermana y yo pudimos dejar de reírnos le explicamos que el alpiste lo escupían al igual que la quinua, comían fruta como buenas aves y también choclo... y arroz sancochado y crema huancaína y helado de lúcuma (no les gustó el de fresa) y galletas de vainilla (desde las probaron nunca más le hicieron caso a las galletas de soda). Algo similar ocurría con el pan francés y el pan de yema, siempre optaban por lo más dulce. Claro que su dieta básica esa arroz y fruta, pero cuando veían algo diferente que comíamos se desesperaban por probarlo. Los chillidos y aleteos eran bastante elocuentes.



También se portaban así cuando querían que los acuesten. Ya he contado que pasaban el día encima de su jaula y rara vez se bajaban de ella, a no ser que quisieran que los lleven a dormir. Cuando vivíamos en San Isidro los poníamos en un patio sobre una banca larga y cuando ya estaba oscureciendo el loro mayor se bajaba de la jaula corría hasta el borde de la banca, chillaba y aleteaba y cuando veía a alguien a través de los ventanales regresaba a la jaula y levantaba el trapo con que la cubríamos con el pico. Era su forma de decir que ya tenían sueño y querían irse a dormir. Cuando estábamos ya en Jesús María bastaba que cogiéramos su trapo para que entren corriendo a su jaula. Su dormitorio era la lavandería donde pasaban la noche con la jaula tapada y la puerta amarrada.

¿Puerta amarrada? se preguntará el buen lector. Así es, era para que no se escapen: después de dos semanas de encontrar a los dos loros chillando desde las 6 de la mañana sobre los cordeles de ropa recién lavada (ensuciándola de paso) llegué a la conclusión de que debía convertirme en una especie de centinela para averiguar cómo rayos podían salirse de la jaula si los acostábamos con la puerta cerrada y cuando los encontrábamos fuera de ella la puerta seguía así. Si hubiera tenido una cámara hubiéramos ganado un concurso de videos hechos en casa. Al apostarme una mañana muy temprano desde un rincón de la lavandería tapado con ropa y habiendo dejado un poco levantado el trapo que cubría la jaula a la altura de la puerta me di con la mayor sorpresa de mi vida: el loro grande, es decir, el más viejo (y aquí cabe perfecto lo de que el diablo sabe más por viejo...) se paraba delante, giraba su cuello y encajaba su pico con el borde inferior de la puerta, dejaba que el otro loro salga y manteniendo la puerta levantada este emplumado sucesor de Houdini giraba su cuerpo hasta quedar fuera de la jaula y la bajaba lentamente hasta volver a cerrarla.

La solución fue empezar a amarrar la puerta de la jaula con un pedazo de alambre para que no se salieran. La solución fue buena, pero duró más o menos un par de meses en que empezaron a escaparse nuevamente. Esta vez parecía no haber lógica. La puerta seguía cerrada y amarrada y no se veía por dónde podrían salirse. Uno de los días que se me ocurrió entrar a la lavandería muy tarde en la noche encontré la respuesta. El sonido repetitivo de pequeños golpesitos metálicos me llamó la atención y al destapar la jaula sorprendí a mi loro trabajando cual preso limando su barrote: estaba trabajando con su pico el barrote de la jaula hasta romperlo. Era así como se salían, empujaban el barrote, previamente zafado de la jaula por la parte superior (y que no se notaba) y se salían por ahí. Ello nos obligó a comprar otra jaula ya que al parecer sí era Houdini en versión ornitológica.

Desde ese descubrimiento tuvimos que comprar unas tres jaulas más durante el tiempo que los tuvimos. Resta contar muchas más experiencias con esos pericos increíbles que formaron parte importante de nuestras vidas.