domingo, 18 de julio de 2010

Juegos Peligrosos (II)

Quien haya leído la primera parte de Juegos Peligrosos habrá deducido que si bien era bastante creativo con los legos de ese entonces, también era bastante desordenado. Mi mamá aseguraba haber encontrado piezas de legos hasta en alguna olla de la cocina. Y siendo la casa de San Isidro donde vivíamos, tan grande, aún me pregunto cómo pudo haber llegado alguna allí. Lo cierto es que no era algo desordenado con los legos sino con casi todos mis juguetes. Tenía muchos que eran herencia de mis hermanos: siendo yo el menor heredé soldados, carros, legos, y todo tipo de juguetes aparte de los que me regalaban en las navidades. A pesar de tener un closet con varios pisos para guardarlos, más de una noche durmieron en el piso de mi cuarto. La razón era muy sencilla: los soldados debían cuidar el fuerte que había armado con los legos, los autos debían estar en la cochera que se les construyó con los bloques del dominó de madera, los muñecos grandes como "Blaster" (un transformer que se convertía en radio) o "Beastman" (fiel escudero de "Skeletor", de la serie "He-Man") debían estar al tanto de las naves espaciales que podían aparecer, todas construidas con el "Mecano". Era lógico que no era posible guardar los juguetes, ninguno podía darse el lujo de dormir.

Por cierto, el "Mecano" era un juego de piezas de metal con huequillos y venia con una cajita de tornillos y tuercas. Me fue otorgado con un sermón previo acerca de mantener las piezas cerca (de preferencia dentro) de su caja. Venía con un manual de cómo construir barcos, carros, camiones, puentes, molinos... era como para derretir el gusto de alguien acostumbrado a unos simples legos. La importancia de cuidar este juego no era solo porque era como entrar a un nivel más alto, sino porque era uno que había pasado de generación en generación, y había el temor de que lo pierda dados mis antecedentes con los juguetes en general. Y me esmeré tanto que hasta ahora tengo el juego guardado en una caja, con la mayoría de piezas intacta y esperando a ver si mi sobrino se vuelve el candidato a siguiente heredero.



En cuanto a autos, heredé muchos de mi hermano: de fierro, de plástico, autos, camiones, carros de carrera. Lo único que nunca tuve fue una pista de aquellas con autos eléctricos donde estos realizaban acrobacias pues resultaba muy caro para la economía familiar. Sobre soldados había de todas las nacionalidades: árabes, norteamericanos, beduinos, europeos, vaqueros, todos mezclados con muchas réplicas en amarillo plástico de los personajes de Mafalda. Nunca supe cómo fue que llegaron, sólo que los teníamos a montones. Aparte de los soldados teníamos muñequitos de extraterrestres, presumiblemente personajes de Ultrasiete que venían en el chocolate "Juguete" de Motta. Esos eran mis preferidos de niño, no sólo porque me parecían deliciosos sino porque traían pequeños juguetes, de ahí el nombre. Hace no mucho vi que aún los vendían... pero no me llaman mucho la atención hoy en día, por alguna razón prefiero los chocolate "sublime".

Como tenía muchos carros. muchos legos y muchos soldados necesitaba un campo de juego bastante grande y si bien nuestros cuartos en la casa de San Isidro lo eran, el jardín de mi abuela ganaba por goleada. Aparte que para mis soldados parecería una gran selva donde podían perderse, enterrarse, o subirse a los árboles. Se podía utilizar catapultas con pequeños bloques de tierra, hacer caer a los soldados desde alto sin que corran riesgo de romperse. Los únicos riesgos eran que se mojen o que se pierdan en la improvisada selva. Lo bueno es que de hecho sobrevivirían así no se les encontrara de nuevo. Las nuevas aventuras duraban lo que duran el verano o la primavera. Durante las otras estaciones hacía mucho frío como para jugar así no más en el jardín y menos con la manguera. Con las mudanzas que tuvimos años después muchos juguetes se perdieron y muchos tuvieron que ser regalados. Pero aunque suene a frase trillada, muchos de ellos siempre quedarán en mi memoria como mis más fieles compañeros de juego durante esos primeros años.

sábado, 1 de mayo de 2010

Lindos Paseos, Terribles Canciones

Los fines de semana, de preferencia los domingos solíamos ir al Country Club El Bosque en chaclacayo si era invierno o nos íbamos a la playa si era verano. En este último caso nuestro destino favorito era Santa María, una de las playas del sur (ya que en la semana íbamos a La Herradura, en ese tiempo aún limpia y sin un mar pestilente).

Nuestro vehículo era un Plymouth Valiant del 68, es decir, un lanchón color verde claro en el cual cabíamos los seis integrantes de la familia: mis dos padres, mi hermano, mi hermana (ambos mayores que yo), mi abuela (si no se sentía mal de salud que era lo habitual) y por supuesto yo. Los viajes a la playa los sentía menos largos que al Bosque, quizá porque había menos tráfico o de repente por una errada percepción de tiempo. O de repente porque a Chosica era de subida y a la playa de bajada y nuestro auto (bautizado años después como "La Palta") no era muy veloz que digamos.



En cuanto a la playa, nuestra indicación era un gran pino que había al lado derecho de la carretera. Esa era la entrada a Santa María y siempre sospechábamos que el día en que ese pino no estuviera no sabríamos cuál era nuestra entrada. Varios metros de camino nos llevaban a la pequeña caseta de pago. Recuerdo que no era muy caro y que dejamos de ir cuando el costo de S/.20.00 soles nos parecía un robo tan solo por poder estacionar cerca a la playa y no tener seguridad alguna. Como difícilmente encontrábamos lugar para la "Palta" cerca a la playa, solíamos estacionar el auto arriba, cerca a los edificios en la zona residencial, cuidando de no estorbar ningún estacionamiento y bajábamos unas muy largas escaleras para poder acceder a la playa. Mientras íbamos bajando tratábamos de ver por donde había algún sitio libre, como la playa era bastante grande siempre hallábamos dónde instalarnos con sombrilla, banquito (que alguna vez papá rompió con su peso), toallas y los indispensables cooler y gran termo con los sánguches y el refresco que serían nuestro almuerzo.

El regreso sería algo tortuoso: después de un día de sol y relajo teníamos que regresar al auto. Es decir, subir por la maravillosa escalera que nos llevó a la playa. Una cosa es bajar por ella con ayuda de la gravedad y con un destino apetecible como bañarse en el mar, dormir al sol, y divertirse y algo muy diferente es estar totalmente relajado y mirar un promedio de 80 escalones con 2 descansos, cargando maletines, sombrilla, cooler, etcétera hasta llegar al auto que nos llevaría de vuelta a casa. Claro que más agotador sería para mi padre que debía manejar de regreso hasta Lima. Entonces, para evitar dormise cantaba durante el camino de regreso. Esto ocasionaba sentimientos encontrados en sus nosotros, sus tres hijos. Obviamente no nos convenía que se quedara dormido para poder llegar todos sanos y salvos a casa, pero tampoco nos dejaba dormir a nosotros durante el regreso así que terminamos odiando que cante. Lo más desesperante era que cantara siempre las mismas canciones que estaban bastante pasadas de moda. El solía decir que las canciones de nosotros sólo tenían un compás y que eran muy simples (¿facilistas?) y que eso no era música (¿me escuché a mi mismo decir lo mismo de cierta música actual?) porque la que el cantaba tenía 2 compases o más. Teniendo en cuenta mi edad y mis pobrísimos conocimientos de música (hasta ahora) sus respuestas me sonaban a una especie de spanglish mezclado con esperanto, es decir, no entendía nada.

Igual era cuando regresábamos de chosica: mi padre necesitaba cantar de regreso. Nnca escuché una sola de esas canciones en radio si no años después en algún karaoke cuando alguna persona mayor evocaba canciones "del ayer". Puedo decir que aún hoy me sé de memoria la letra de alguna de esas canciones, no sé si mi memoria privilegiada no me deja olvidarlas o las escuché tantas veces que se quedaran grabadas como cn fuego. Mi hermana y yo urdimos un plan para evitar aquellas canciones que nos parecían tan lastimeras como anticuadas: decidimos cantar nosotros. Siguiendo la máxima "si no puedes contra ellos, úneteles" empezamos a cantar nosotros durante los caminos de regreso. Nuestra canción favorita era "Me pongo a pintarte" de Guillermo Dávila. No estoy si favorita o es que era la única de la que sabíamos la letra ya que era la canción de una novela protagonizada por el mismo Guillermo Dávila. Y hay que ser sinceros, cantábamos demasiado mal. Cuando nos cansábamos era mi padre quien empezaba sus cantos. El objetivo parecía ser siempre el mismo, todos íbamos despiertos durante todo el camino. Los mejores regresos siempre fueron aquellos en que habíamos tenido tanta actividad física que despertábamos en el auto, ya guardado en el garage de la casa, donde nos habían dejado aún sospecho que para que no intentemos volver a cantar o por pena de interrumpir un sueño tan reparador.

martes, 9 de marzo de 2010

Enredos Infantiles

Como ya he contado en alguna de las entradas anteriores, siempre odié ser una especie de "niño modelo". La mayoría de mamás querían que yo fuera amigo de sus hijos, quizá para que les sirva de ejemplo. La verdad es que yo era tan tímido que era incapaz de hacer alguna travesura o portarme mal. Tampoco me nacía hacerlo así no hubiera sido tan obediente de niño. Otra de las "virtudes" que tenía (y la tengo aún) es que me gusta hacer casi de todo. Es decir, son pocas las actividades que no me agradan, así que es difícil que me aburra con algo. Por ello cuando iba a la casa de algún amigo, o este venía a la mía, casi siempre estaba de acuerdo con lo que propusieran. No recuerdo ninguna ocasión en que haya rechazado algún juego o deporte.

Hubo un tiempo en que iba a jugar a casa de uno de mis amigos del barrio. Lo conocí porque era medio-hermano de un amigo de mi hermano mayor. Una de las cosas que más me gustaba era cuando jugábamos con barcos: el tenía dos o tres de esos buques guerra de plástico que vienen para armar, así que convertíamos el parquet de su departamento en nuestro océano para jugar a las batallas navales. Pero lo que nunca me esperé fue que el día de su cumpleaños quisiera jugar a las batallas... con su hermana y sus amigas. Quería que haya dos equipos, uno de chicos y uno de chicas y que ambos pelearan (al estilo lucha libre olímpica). Su hermana era dos o tres años mayor que nosotros al igual que sus amigas, y obviamente le pareceríamos bebes así que ni caso hizo. En mi caso yo no creía lo que estaba escuchando, pero cuando H. F. trató de desalojar a su hermana del sillón me di cuenta de que hablaba en serio. Pero cuando esta última lo sacó a empellones de su cuarto y cerró la puerta con llave respiré aliviado pensando que la "guerra de los sexos infantil" había terminado.



Pero no los eventos de lucha, ya que H. F. decidió que el lucharía contra todos nosotros, pudiendo usar lucha, karate, tae kwon do, judo, y no recuerdo que más. Pero si recuerdo que nosotros (éramos unos 4) sólo box. En ese momento yo pensaba si sabía realmente de que hablaba y si conocía realmente las artes marciales de las que hablaba. Uno de sus amigos le explicó que si hablaba de box, le podían dar un mal golpe, así que ese deporte quedó eliminado de la nueva "competición". Siendo alguien totalmente pacífico solo me limité a ver como peleaban entre ellos, pero como casi termina en una verdadera bronca (totalmente esperable) decidieron que solo fuera lucha en equipos de a dos... lo cual me incluía a mí. Esta vez no me salvaría de tener que pelear con alguien. Se sorprendieron mucho de que rápidamente dominara a mi improvisado rival. De hecho no tenían como saber que poco tiempo antes había practicado judo y que con la agilidad que me daba el tenis de mesa, era difícil atraparme en algún tipo de llave, más si ellos desconocían como hacerlas. Cuando ya se fueron los amigos, quedé yo solo un rato más, pues a pesar de que vivía a la vuelta mis padres me recogerían. H. F. insistía en que me quedara un rato más. Incluso decía que si quería me quedara a dormir. "Podemos bañarnos juntos" recuerdo claramente que dijo. Por dentro me asusté, como que no me parecía muy adecuada la "proposición". Afortunadamente llegaron pronto a recogerme y pude refugiarme de regreso en casa.

Algún tiempo después, mientras jugábamos con bicicletas y skates uno de mis amigos soltó un "uyyy". H. F. había dicho que yo era una especie de autómata de propiedad de M. A. porque este había dicho que yo le hacía caso en caso en casi todo lo que él decía. En otras palabras, decía que yo actuaba de acuerdo a su voluntad. No sabía si decía o no la verdad, pero teniendo en cuenta que H. F. no era nada confiable podía estarlo haciendo sólo para molestarme y hacerme quedar mal con M. A. con quien no se llevaba (y era uno de mis mejores amigos, o así lo creía yo). Así que en cuestión de segundos tenía que pensar que responder para no quedar mal yo también. Al final terminé diciendo "yo sólo le hago caso en lo que me conviene..." Lo cual era cierto, no iba a hacer caso de realizar actividades que no me agraden. Pero casi todos se rieron y dijeron que yo era muy inteligente y a la vez malvado por manipularlo (o algo similar) a mi amigo...

Aparentememte nadie le dijo nada a M. A. después de este evento o simplemente él no le dio mayor importancia pues seguimos jugando y reuniéndonos en alguna de ambas casas de tanto en tanto. O jugando en grupo los partidos de fulbito que ya he mencionado antes. Lastimosamente habrían aún más enredos en el futuro, algunos bastante graves que ya serán materia de una entrada posterior.