miércoles, 27 de mayo de 2009

¿Violencia? en Tercero de Secundaria

Quizá el título de la entrada pueda parecer un poco exagerado pero fue el primer año en que sentí peligrar mi integridad física en el colegio. Esto fue por varios hechos, que recordándolos hoy, parecen graciosos, pero en su momento no fueron nada agradables para mi. Como decía en la entrada anterior, en tercero de media ya pude entrenar sin problema y mejoró mi desempeño en el tenis de mesa así como en rendimiento académico. Pero no todo fue color de rosa, tuve algunos problemas personales que el de arriba me ayudó a solucionar de una u otra forma.

Lo primero que recuerdo fueron las pequeños conatos de pelea con H. quien se sentaba en la carpeta detrás de mi. El problema siempre fue que él era bastante grande para la edad que teníamos y no le era cómoda la carpeta (en la que prácticamente a mi me sobraba espacio ya que era mucho más pequeño) y a veces él estiraba las piernas olvidándose que yo me sentaba delante. Muchas veces lo hacía de casualidad y otras por divertirse a costa mía. El problema era cuando yo me picaba y le golpeaba las piernas, pero como tenía poca fuerza, no daba mucho resultado. A veces optaba por retroceder la carpeta de golpe y sin aviso, lo que tenía como objetivo lograr de vez en cuando un sonoro ¡au!. Pero no tenía en cuenta que estando él detrás, yo llevaba las de perder. Nunca ataques al "enemigo" cuando el tiene la ventaja de la sorpresa. Una vez en que me molesté más de la cuenta, lo golpeé bastante fuerte con la carpeta y él también se molestó amenazándome con pegarme a la salida del recreo. Cuando salimos yo tenía algo de miedo pero también estaba molesto. En eso se acercó B. (quien siempre quiso probar de pelear conmigo desde el primer año de colegio) y cuando H. vio que este quería empezar a acosarme como lo hacía usualmente le dijo algo así como: "a él solo lo maltrato yo". Considerando que H. nos llevaba a ambos más de una cabeza, a B. debe de haberle funcionado el instinto de conservación y se hizo humo. H. me miró, se rió (más que probable que de mi cara de susto) y se fue. Me hizo un gran favor ese día, y él lo sabía. Pero igual seguimos peleando por el espacio entre carpetas, pero ya nunca llegó a mayores. Desde ese entonces nunca me molesté tanto y la solución después de un tiempo fue intercambiar nuestros sitios. Lo que bno evitó que alguna vez lo molestara yo a él de la misma forma...

El otro episodio fue con R. A él lo conocía desde primaria aunque nunca tuvimos mucha confianza. En este año nos sentábamos cerca pero igual hablábamos poco. Uno de esos días, otros compañeros lo estaban molestando con el apodo que le decían en casa. Aparentemente le decián algo como "p...". Y le gritaban el nombre repitiéndoselo una y otra vez, mientras él los amenazaba con pegarles porque le disgustaba ese título. "Sólo permito que me lo digan en casa" decía amenazante. Cuando ya más o menos cedió el acoso, él parecía estar más tranquilo. Yo me distraje del asunto y empecé a escribir en mi cuaderno. De pronto sentí un dolor fuerte al lado de al cintura. Grande fue mi sorpresa el ver que era R. hincándome con su lapicero lo cual me molestó y se me salió decirle: "¡pachón!". Y todos los chicos de alrededor se rieron sonoramente y él se puso rojo de cólera. "Pensé que eras mi amigo" me dijo, "pero ya te fregaste. Cuando salgamos al recreo te voy a pegar." Traté de explicarle lo que pasó pero fue inútil. Semejante ofensa mortal debía tener castigo y no había forma de hacerle caer en cuenta que pensé que me estaba molestando con el lapicero, cuando en realidad sólo quería hacerme una pregunta, pero me pasó la voz de una manera poco menos que tosca. Mientras se acercaba la hora del recreo, más me temblaban las piernas y más me sudaban las manos. Él debe haberse divertido con mi expresión de miedo ya que cada cierto rato repetía: "voy a empezar así y luego...", o murmuraba "empezaré lentamente..." como si fuera a tratar de cocinarme. Ello me daba aún más miedo pues él parecía disfrutar el cuadro de violencia venidero. Cuando tocó el timbre traté de demorarme en salir. "Igual tendrás que salir aunque sea para la formación", pareció adivinarme el pensamiento R. Así que me armé del poco valor que tenía y me dirigí a la puerta seguido por él. Justo cuando salimos se acercó Z., un amigo mucho más grande que yo que quería que le preste un trabajo. Al ver R. que alguien me hablaba, pareció dudar y de pronto me lanzó una suave patada en el trasero. "Ya te he hecho sufrir bastante. La próxima vez sí te pego." Z. nunca supo por qué le di las gracias ese día. De hecho R. no me volvió a dirigir la palabra en casi todo el año.

El episodio más grave, según mi experiencia personal, era con el famoso B, quien me acosaba desde primaria. Tuve la mala suerte que le tocara sentarse en una carpeta cercana a la mía lo que aprovechaba para molestarme de todas las formas posibles. Quizá su plan era lograr sacarme de mis casillas para dar lugar a una buena bronca. Algo que yo evitaría a toda costa pues nunca me gustó la violencia, aparte que era evidente que yo la perdería en caso se diera. No recuerdo todo lo que hizo esa mañana, pero sí recuerdo que llegó al extremo de jalar mi cuaderno cada vez que intentaba escribir. Y eso me terminó de exasperar lo que dio lugar a un sonoro ¡carajo! que me sorprendió a mí mismo. "Ay, su papito le enseñó a decir carajo" dijo él. Eso me enfureció aún más y empecé a descontrolarme, tanto que en lugar del lapicero tomé un lápiz y la siguiente vez que B. estiró el brazo para hacerme rayar mi propio cuaderno, se lo clavé en el brazo. Cuando me di cuenta de lo que había hecho, me asusté sobremanera. Jamás había soñado siquiera con reacccionar alguna vez así. Afortunadamente como yo no tenía mucha fuerza no le hice casi daño, pero si le hice un pequeño huequito en el brazo donde salió una sola gotita roja. "Me sacaste sangre", me dijo, y se chupó la herida. Debe de haberse reído de mi cara de estupor al verlo tan tranquilo después del incidente, mientras yo estaba asustado tanto de su probable reacción después de semejante agresión como de mí mismo. Al menos sirvió para darme cuenta de que mi vasta paciencia tiene un límite y que más allá es difícil controlarme. Y también sirvió para que me dejara en paz el resto del año.

lunes, 27 de abril de 2009

Tenis de Mesa. Los Inicios (Parte 2)

Cuando estuve en la Federación tuve un amigo con el que jugaba muy seguido. Mis padres me decían que no lo hiciera porque seguro que "me estaba estudiando el juego". No hice mucho caso porque siempre ganaba cualquiera de los dos, y era con quien más confianza tenía (teniendo en cuenta que yo no hablaba mucho). Cuando jugué mi primer ranking llegué con las justas. Aún recuerdo a mi padre acelerando el lanchón verde palta por toda la vía expresa para que yo pueda llegar a tiempo a competir. Sólo tengo dos recuerdos muy claros de ese campeonato: el primero es que cuando me tocó jugar con mi amigo, en uno de los puntos me caí y estando en el piso veía caer la bolita y la respondía desde allí hasta lograr pararme. No sé cuántas veces lo hice, pero cuando logré pararme quise matar y así perdí el punto. Es decir, hice lo más difícil y fallé la bola más fácil, algo que me sucede hasta el día de hoy... El otro recuerdo es que mientras jugaba el último partido que decidía mi clasificación habían llegado mis hermanos y mi mamá y toda la familia de unos amigos con quienes jugábamos tenis de mesa en el club El Bosque. Aún puedo verlos aplaudiendo y dándome aliento, pero contrariamente a lo que pretendían, no me ayudó mucho, más bien me sentí tan presionado que me desconcentré y terminé perdiendo el partido por "goleada". El regreso por la vía expresa fue acompáñado de un llanto mudo mezcla de vergüenza e impotencia, la primera por haber perdido delante de todos mis "hinchas". La segunda por no saber como manejar esa sensación de presión y jugar como sabía hacerlo entonces.

Años más tarde, cuando el profesor de Educación Física pretendió hacerme jugar por el colegio en primero de secundaria tuve una especie de revancha: me presenté a los entrenamientos y el profesor de ese entonces (su nombre era Ricardo Pérez si mal no recuerdo, quien tenía un taller de mecánica y un par de hijas que destacaban en el mismo deporte) hizo un ranking interno. Yo perdí todos los partidos que me podían dar un cupo en la selección de menores del colegio. Pero el último que debía jugar por cumplir era contra Eduardo Leverone, primera raqueta de la categoría (menores). Para el padre Beto, mi profesor de religión y asesor de deportes parecía impensable que yo ganara, pero al parecer jugué un super partido ya que logré vencer por una categórico 2 - 0. El mismo Eduardo me felicitó (me sorprendió que se alegrara de perder, pero inmediatamente supe que era por haber jugado un tan buen partido) y vi como el padre Beto hablaba con el entrenador el cual me informaba después que se me aceptaba como invitado al entrenamiento de la selección. Parecía que mi último partido le hizo cambiar de opinión a mi futuro "director técnico".

De esta forma empecé a entrenar en el colegio y a quedarme hasta tarde. Esto sí influyó en mis estudios. De lo bien que comencé, mis notas empezaron a decrecer, no como para desaprobar cursos pero sí como para preocuparse. Había un niño apellidado Muller que me odiaba (nunca sabré por qué) pero era mi compañero de equipo. Era el que más me molestaba y más le molestaba a él que yo nunca respondiera. A pesar de ello con el entrenamiento me gané un lugar en el equipo de tenis de mesa y no lo hice mal ya que cuando llegaron las competencias de ADECORE fui titular. Lo que sí fue un desastre para mí fue mi último partido: de mi dependía la clasificación a la siguiente fase (los seis equipos que pasaban a la final). Nos tocaba jugar contra el colegio Juan XXIII que era difícil (aunque aún no era la "potencia" en que se convertiría años después) y jugué contra un alumno un año menor que yo llamado J.P.L. Gané el primer set sin mucho problema, y el segundo lo iba ganando 18 a 12. Fue entonces que empecé a perder punto tras punto hasta perder por 21 a 18. El tercero no pude hacer nada, no recuerdo cuánto acabó, sólo que perdí y salí llorando del campo de juego, (mientras Muller me repetía "llorón" una y otra vez hasta que salió de mi campo de visión) y no pude parar de llorar hasta el viaje de regreso a casa. Lo del estadio se había repetido años después. La presión de tener que ganar me desconcentró y perdí un partido que tenía casi ganado.

El siguiente año mis padres me prohibieron jugar tenis de mesa. No querían que fallara en los cursos y menos que se repitiera mi fracaso, no por perder si no porque no me sintiera mal. Sin embargo, mis notas fueron peores que el año anterior. Estuve a punto de desaprobar un curso, aunque lo aprobé finalmente pero de todas maneras lo lleve como curso vacacional voluntario (de matemáticas, jamás he sido bueno para los números). En tercer año de secundaria me dejaron volver a hacer deporte, sin él igual casi me jalaban así que ya no importaba. A pesar de ello mis notas mejoraron considerablemente y mi producción también en cuanto a mi deporte. Nuestra competencia no fue tan buena, el equipo no era fuerte y yo tampoco, pero esta vez pude ganar o perder sin sentirme agobiado por la presión que había sentido antes. No hicimos un buen papel ya que no conseguimos resultados relevantes pero tampoco jugamos mal. En mi caso particular, al menos, me sentí mucho mejor.

viernes, 20 de marzo de 2009

Tenis de Mesa: Los Inicios

El cambio de primaria a secundaria no fue tan chocante como me lo habían pintado. Me decían que mucha gente desaprobaba los cursos porque el nivel era distinto. Que como ya éramos mayores los profesores eran más exigentes. Nunca pude comprobar ello, la única diferencia, al menos para mi, era que el recreo se desarrollaba en un patio infinitamente más grande y que en ese mismo lugar vería más broncas de las que había visto en toda mi etapa primariosa. Se dice que esto se debe al cambio de edades, que uno empieza a pasar de la infancia a la pubertad y entonces experimenta un ansia de rebelión que se revela mediante algunas manifestaciones tales como el portarse mal o pelear con otros compañeros. En mi caso, no sentí nada de ello ni lo necesité para sentirme algo mayor.

En realidad me sentía menor, debido a mi tamaño no muy auspicioso. Seguía siendo uno de los primeros de la fila (la que se ordenaba por tamaño, del más pequeño al más alto) y seguía pareciendo de primaria. Sin embargo comencé bien los cursos. El recreo fue mejor ya que había mucho más espacio para jugar a lo que fuera. Pocas semanas después de iniciadas las clases, se nos explicó que podíamos "postular" a diferentes selecciones deportivas del colegio y que ello haría que tuviéramos mejores notas en educación física. Era una gran oportunidad para mí ya que parecía evidente que reprobaría ese curso. Me cansaba muy rápido, no tenía fuerza y era un poco descoordinado. Pero todo ello desaparecía cuando jugaba tenis de mesa. Quizá porque aprendí desde pequeño con muy buenos entrenadores en la que fue la Federación Peruana de Tenis de Mesa. Yo nunca lo supe pero me decían que estuve en la pre selección nacional. Yo aún tengo mis dudas ya que era mi hermano quien me llevaba y entrenaba al lado de él. Los dos profesores que me enseñaron fueron el Profesor Vega, hoy apodado el "Teacher" y el desaparecido Profesor Montoya. Éste último era flaco y renegón y me daba algo de miedo, pero era reconocido como muy buen entrenador. Una vez se asustó porque me hizo llorar: en un descanso se acercó donde yo estaba de espaldas y quiso hacerme cosquillas con tan mal tacto que me hizo doler las axilas hasta el llanto. El esperaba que me riera, por eso recuerdo su expresión de desconcierto al ver mi reacción. Quizá por ello nunca usó su famoso "chocolate" conmigo. Este era una barra larga de metal, de color marrón que apoyaba debajo de la net. Cuando alguien se portaba mal o fallaba demasiado un golpe o un efecto o lo que fuera, la sacaba y le pegaba en el trasero. No de forma que hiciera llorar o quedara marcada esa parte. Pero sí de forma que uno no quisiera volver a fallar nunca más.

Parte de mi infancia se convirtió en ir a entrenar al estadio. Lo único que odiaba era tener que correr la vuelta al mismo ya que nunca podía completarla sin caminar la última parte. Lo que más me gustaba era el famoso "té helado" del Señor Uribe. No eran pocos los que optaban por este refresco sobre todo en verano. En ese tiempo entrenaban también Yahir y Walter Nathan y Eliana Gonzales del Riego entre otros. Obviamente yo no entrenaba con ellos, pero siempre era un placer verlos jugar. Mi hermano sí pertenecía a la selección, o al menos eso creía yo. Sabía que había ganado un ranking importante y que se iría de viaje (si mal no recuerdo a Brasil) cuando se enfermó de hepatitis. Como era él quien me llevaba a entrenar (es bastante mayor que yo), todo el mes que duró el mal, no pude ir más. Cuando él quiso volver, ya no le dejaron entrenar como antes. No sé que sucedió pues yo era aún muy pequeño. Lo que sí recuerdo es que la última vez que fui a la Federación siendo un niño habían llevado a un entrenador chino que nos había visto jugar antes. Este nos obsequió a mi hermano y a mí un pin a cada uno. Tenían forma de rombo y mostraban una raqueta sobre una mesa al lado de una bolita. Hasta hoy conservo el mío en una cajita. Luego de ello dejé de jugar por varios años hasta que pasé a secundaria.