martes, 26 de junio de 2012

ReVuelta

Todo el 2012 no volví a escribir. No sentía la necesidad como antes, mi estilo de escribir nació como catarsis, sobre todo como producto de mi antigua y proverbial incapacidad para comunicarme verbalmente (no en vano, durante un tiempo fui llamado "el mudo"). Y sirvió para observarme a mí mismo en el pasado, para conocerme mejor y de rebote, algunas personas que leyeron toooodo el blog (que poco no es) me manifestaron que ahora entendían mejor mis puntos de vista y sentían que me conocían mejor. Hoy en día, esa capacidad de comunicación con la que supuestamente no contaba ha sido desarrollada con creces, en realidad aprendí que hasta el no hablar también es una forma de decir algo, privilegiados quienes lo entienden. Aunque actualmente a veces hablo tanto y tan rápido sin darme cuenta (me lo han hecho notar) que pareciera que quiero recuperar el tiempo perdido. Y cuando escribo, suelo explayarme aún más, puede que esa sea la explicación de por qué las entradas de los blogs no son pensadas ni planeadas, sólo nacieron de la necesidad y las terminé en pocos minutos. Por ello nunca tuvieron la regularidad que pretendo darle ahora al blog. Esto surge de la necesidad de ordenar, no sólo la forma de escribir sino muchas otras cosas que seguramente se irán notando a medida que vuelve a avanzar el blog. Y nuevamente, bienvenidos a quienes les interese leer algo de lo que escribo. Y renuevo mi gratitud a quienes con sus comentarios me ayudaron a mejorar muchas cosas. Y mi sorpresa para con quienes a pesar de ni conocerme se animaron a dejarme y comentarios y/o consejos. Saludos, FIEK.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Hobbies Extraños

En realidad no es que sean extraños. Sé de personas que comparten algunas de mis aficiones, pero he comprobado que a muchos les parecen raros. Quizá es que hoy es más factible hacerse fan de los juegos de computadora, pero mis hobbies los tengo desde niño y podría decir que me han ayudado a relajarme y a pensar cómo solucionar problemas a lo largo de mi vida:

Los rompecabezas: no recuerdo mucho los que tuve de muy pequeño, con las justas recuerdo unos pequeños cubos de madera con dibujos que calzaban entre sí si los colocaba en la posición correcta. No recuerdo de qué eran los dibujos, el que si tengo grabado en la memoria es uno de los muppets: el Oso Figaredo aparece al volante de un auto que se asemeja al antiguo auto verde de mi padre.
Y uno de la guerra de las galaxias donde aparece Jabba the Hut en sus aposentos. Nunca me cansaba de armarlos, desarmarlos y armarlos otra vez. Pocos años después me regalaron dos rompecabezas más grandes: de 500 piezas. Uno de indios y otro de vaqueros. Creo que completarlos no me duró más de 3 o 4 días. Pronto llegaría el primer puzzle de mil piezas, todo un reto, cumplido en menos de una semana. Y cuando comencé a trabajar, empecé a comprármelos a mi propia elección de tanto en tanto. Lo que nunca logré o porque eran muy caros o porque no los encontré nunca fueron los de 2,000 o 2,500 piezas. Es un reto que tengo aún pendiente.

Los geniogramas: venían siempre con el diario "El Comercio" los martes, jueves y sábado pero nunca me habían llamado mucho la atención porque me parecían bastante difíciles. Claro que mi primer acercamiento con ellos fue a los 6 o 7 años. Mi cultura general aún era bastante limitada, aparte que para entonces aún no había encontrado los libros de mi primera biblioteca (ver entrada al respecto). El accidente que tuve con una bicicleta a eso de los 13 o 14 años aproximadamente me dejó una cicatriz en el pliegue de la rodilla (hasta hoy se ve) y en cama por casi tres semanas, hasta que cierren los 8 puntos de sutura. El aburrimiento por no poder salir a hacer deporte me obligó a buscar un pasatiempo nuevo. Así fue como redescubrí los geniogramas. Empecé a buscar periódicos guardados donde hubiera alguno sin resolver.
Me armé de un diccionario enciclopédico antiguo, de un atlas y de la enciclopedia "El Tesoro de la Juventud". De esta forma, era difícil que dejara algún crucigrama sin mella. A veces me faltaron dos o tres letras que mamá o papá (expertos en estos artes) me ayudan a resolver. Con el tiempo y con una enciclopedia nueva y con la ayuda esporádica de internet los pude superar. Lo único malo es que nunca he ganado nada con los concursos de los geniogramas durante todos estos años, pero siempre le agradeceré a Mario Lara (que en paz descanse el hacedor de geniogramas) por motivarme a aumentar mi cultura general desde pequeño.

Caminar sin rumbo: esto no lo inicié desde tan pequeño sino ya algo mayor, pero es una afición que me llevaría con los años a aficionarme a los campamentos y/o viajes. Empezó en el club "El Bosque" de chosica donde caminaba por los cerros viendo hasta donde podía llegar. Claro que mi límite era el muro perimétrico del club así como los carteles que decían que ya no siguiera por la ruta que había decidido. Cuando ya más grande y que nos habíamos mudado por Miraflores a la espalda del "Rancho" empecé con las primeras depresiones (las razones no vienen al caso ahora).
Mi relajo era poder caminar por las calles aledañas que me llevaban a ninguna parte... por ese lado la mayoría de parques se parecen y casi todas tenían una virgen en el centro. Aún cuando ya tuve mi primera bicicleta 100% propia continuaba perdiéndome por estas calles a pesar de mi buena memoria para ubicarme. Ya viviendo en Jesús María salía a veces a caminar, desde arenales hasta por el golf o al parque de los olivos en San Isidro. Siempre dejé que mis piernas me llevaran donde quisieran, para luego regresar en bus a casa, ya más tranquilo, ya más relajado.

Todo ello me ayudó, y me ayuda, a pensar. A reflexionar sobre muchas cosas, a volver atrás mis pasos y ver qué cosas mejorar en general. Son placeres solitarios que en realidad son más agradables de realizar estando acompañado. ¿Alguien se anima?

sábado, 9 de julio de 2011

Deportes Caseros

No recuerdo por qué fue que me molesté mucho con los amigos con los que solía jugar cerca de mi casa pero hubo un tiempo en que decidí no salir de ella. Es decir, no quería salir a jugar ni fulbito ni basket ni nada. Esto, si mal no recuerdo, fue poco tiempo antes de que se presentaran en grupo en la puerta de mi casa pidiéndome que tapara para el equipo del barrio. Nunca fui un gran arquero pero al menos alguna idea tenía y la destreza que no tenía con los pies la tenía en las manos. Y el ser ágil me ayudaba a lanzarme muy rápido en pos de la pelota. Pero la descripción de esta habilidad está en entradas más antiguas.

Como nunca quise dejar de hacer deporte traté de crear alguno en que pudiera competir contra alguien a pesar de no contar con ningún amigo para hacerlo por el momento. Lo lógico hubiera sido que tratara de establecer una marca propia y cada vez me superara un poco más. Pero no, eso era lo que todo el mundo haría. Yo creé dos jugadores muy parecidos: uno era yo y el otro también era yo. De esta forma podía competir contra mí mismo. El siguiente paso era idear los deportes en que íbamos a competir. La solución estaba en el amplio garaje de mi casa y dio como resultado tres distintos deportes: tenis de mesa, basket (lanzamientos a la canasta en realidad) y golfito, todos en versión "domicilio".



El tenis de mesa era muy sencillo: bajaba sólo la mitad de la mesa, la apoyaba en la pared y debía rebotar la pelota en ella contando cuántas veces podía hacerlo sin fallar. Con el entrenamiento que ya tenía en este deporte, pronto me di cuenta que cuando erraba era porque se me había cansado el brazo, aparte que contar el número de botes en la pared resultaba muy aburrido. Así que decidí hacerlo más difícil: ya no pegaba la bola en la pared, la estrellaba de tal forma que la pelota regresara muy rápido y me obligara a hacer efectos o a lanzarme cual arquero para evitar que la bola caiga al suelo o dé más de un bote en la mesa. Sin saberlo y sin quererlo este juego potenció la agilidad y los reflejos que ya tenía.

El basket fue otra historia: siempre tuve buena puntería para encestar pero era muy malo para jugar. Creo que salvo el fulbito o futsal (que actualmente he abandonado debido a una lesión en el pie) no me agradan mucho los deportes de mucho contacto (muchas veces contacto significa golpe, y ello no me agrada). Necesitaba una canasta que no tenía y un lugar dónde colgarla.

Adicionalmente necesitaba una pelota de basket. En casa teníamos una pero muy vieja, tanto que ya ni daba bote. La solución fue fácil. Como me daba un poco de vergüenza la canastilla que llevaba en la bicicleta (ver entradas anteriores), ésta estaba tirada en un rincón del garaje, después de haberla desinstalado para que la bici que usaba pareciera de hombre. De esta forma la canastilla se convirtió en canasta. Y como necesitaba una pelota más pequeña, mi pelota de básket se volvió verde: una pelota de tenis de campo bastante vieja que funcionó muy bien. Y lo mejor era que nunca perdía en las pequeñas competencias que se llevaron en mi garage entre yo... y yo.



El último deporte fue golfito. Aquí debe haber empezado el proceso de desarrollo de la creatividad. La barra con la que trancábamos el garage era delgada y de fierro y en el extremo tenía un pequeño saliente. El suelo de nuestra cochera tenía algunas depresiones y pequeños hoyos los cuales se convirtieron en mis objetivos. Y nada mejor que una pelotita de tenis de mesa para que reemplace a una de golf. Fue un ejercicio de precisión bastante difícil, sobre todo cuando el hoyo era muy poco profundo y la bolita más grande que él. En resumen, potencié mi agilidad, mejoré mi precisión, obtuve más fuerza en las piernas y me divertí conmigo mismo sin necesidad de nadie más. Fue entonces cuando me di cuenta de lo difícil que es aburrirse cuando uno echa a volar aunque sea un poquito la imaginación.