martes, 3 de diciembre de 2013

"Star Wars" Decapitado

No sé si califico o no como fanático de la famosa saga de George Lucas, pero sí recuerdo la mayoría de héroes y personajes de los seis primeros capítulos de "Star Wars". Sé que fue y es un ícono de la ciencia ficción y la considero atemporal. Ver la más antigua, hoy en día, creo que me causa la misma emoción que me hubiera causado cuando recién se vio en Lima si hubiera tenido la edad suficiente para ir al estreno. Fanático era mi amigo F. de la A. quien tenía las figuras de casi todos los personajes de los capítulos IV, V y VI en los años 80. Sus tíos que vivían fuera del país siempre le traían las novedades, fue la primera vez que vi naves de juguete en vivo y en directo y hasta el famoso vehículo "AT-AT" que era una especie de carro (más me recordaba siempre a un dinosaurio) con 4 patas que avanzaba en la nieve en el "Imperio Contraataca". Como las figuras de acción eran muy caras para nosotros en ese tiempo, las que tuve siempre fueron como regalo de Navidad o de cumpleaños. Pero con la suerte que siempre tuve para este tipo de juguetes, los primeros que obtuve fueron tres robots de los cuales no recuerdo el nombre, aunque venían juntos en una sola caja. Obviamente no eran ni "R2D2" ni "C3PO". Y ninguno de mis amigos que vieron los primeros episodios los ubicaba tampoco. Grande fue mi sorpresa cuando por fin los divisé en uno de ellos, eran algo así como el extra del extra del extra de los robots y aparecían unos grandiosos 3 segundos más o menos...



El hecho es que poco tiempo después de jugar con ellos, el que más se parecía a "C3PO" salvo por ser plateado perdió la cabeza. No es que se volviera loco, simplemente se le desprendió de un día para otro. Igual la conservé y por supuesto el cuerpo también, confiaba alguna vez poder pegarla pero la goma o el Uhu no era soluciones duraderas. No pasó mucho tiempo hasta que me regalaran otro personaje de la "Guerra de las Galaxias": esta vez parecía más importante que los robots ya que tenía cara de reptil y estaba seguro de haberlo visto antes. Cuando por fin di con quién era resultó ser más popular que los desconocidos robots que mencioné antes. Este cazador de recompensas salía unos 5 segundos más en uno de los episodios que los otros tres juntos lo cual era un obvio motivo de orgullo infantil. Se llamaba "Bossk" y al parecer mi nuevo personaje tenía tendencias suicidas. Explico el por qué: una señora que ayudaba a limpiar en la casa me enseñó a fabricar paracaídas caseros con bolsas de plástico para mis soldaditos también de plástico. El procedimiento era bien simple: bastaba con romper una bolsa pequeña de forma que quede un cuadrado plano de plástico y atarle pabilo a las puntas y luego anudarlas en una sola tira. Ésta debía sostener al soldado voluntario para descender del segundo piso de la casa al patio interior a través de la ventana. Era bastante divertido ver como bajaba flotando lentamente hasta el primer piso. Hasta que un día "Bossk" decidió hacer lo mismo, pero sin contar que el material de que estaba hecho pesaba más o menos 15 veces más que un simple soldadito de plástico. En lugar de flotar hasta el piso como los buenos comandos, mi caza recompensas se fue en picada con resultado nefasto: se rompió la cabeza. O mejor dicho, se separó de ella. Error de cálculo que le dicen, de hecho nunca fui bueno en física en el colegio...



Pocos meses después un amigo vino a jugar a mi casa trayendo algunos de sus personajes de la película. Por supuesto que "Darth Vader" y "Luke Skywalker" eran conocidos. Y "Han Solo" con su traje de nieve también. Pero me contó que a este último le había pegado la cabeza con plastilina porque se le cayó de una mesa y al parecer era lo primero que perdía este tipo de figuras. Como vio que yo tenía ya dos personajes con la misma dolencia decidió dejarme su figura maltratada como para que la use de ejemplo para "operar" a los otros. Ya que tenía tanto los cuerpos como las cabezas de los dos accidentados, supuse que me sería fácil remendarlos con el mismo material como hizo él. Creo que fue demasiada expectativa pues las cabezas nunca llegaron a mantenerse pegadas más de un día. Y se me ocurrió la gran idea: no pegaría con plastilina, confeccionaría las cabezas con ese mismo material. De esa manera podía yo mismo crearlas con la forma que quisiera o incluso intercambiarlas. El destino me dio la razón porque dos semanas después, en el alféizar de una ventana de la casa de mi abuela encontré otra figura de "Han Solo" con traje de nieve. Por supuesto, también estaba sin cabeza. Así que pronto tuve mi ejército de cuatro personajes de "Star Wars", todos con cabeza de plastilina, lo cual produjo comentarios buenos y no tan buenos como "Qué creativo" y hasta el otro extremo cómo: "Qué tétrico". Creo que finalmente fui el único niño de mi barrio creativo, ¿innovador? y a la vez quizá turbador que jugó con personajes decapitados y con cabezas de plastilina intercambiables.

martes, 5 de noviembre de 2013

Mis Bicicletas (Parte I)

La primera movilidad que recuerdo haber tenido era un triciclo de plástico color rojo. Y que me gustaba la velocidad, iba lo más rápido posible en él. A muchos les asombraba que un niño de unos 4 o 5 años pudiera avanzar una cuadra rápidamente y con un solo lado del timón ya que el otro se rompió aunque nunca recordé cómo pasó. Y bueno, el secreto para avanzar rápido y seguro eran las rodillas y el usar hasta las manos para frenar en caso de extrema necesidad.

Pocos años más tarde, heredé de mi hermana su bicicleta la cual era roja y tenía rueditas así como una canastilla blanca delante del timón Debe haber sido de marca Monark o Mister, populares en esas épocas. Igual me avergonzaba salir así a la calle. Después de haber sido el rey del triciclo no quería salir a la calle con una bici para mujer y encima con rueditas. Yo ya era un adulto (así piensas cuando tienes 13 o 14 años y con tus acciones demuestras lo muy adolescente que todavía eres) y no saldría a la calle más que con una bici para hombre y sabiendo manejarla sin necesidad de accesorios ridículos.

La realidad se encargó de probarme que este aprendizaje sería tan duro como el piso de mi patio en el que me estrellé tantas veces. Es que no me era fácil mantenerme en la bicicleta sin que mis pies toquen el suelo. Quizá el haber sido un "experto" en triciclos hizo que me acostumbrara a tener tres ruedas y estar bien asentado y por tanto no necesitar hacer malabares para evitar que mi vehículo se caiga de costado. Mi patio no ayudaba ya que era largo y angosto y yo necesitaba poder dar curvas para practicar. Entonces mi mamá que se apiadó de mi (y de mis rodillas llenas de magulladuras por tanta caída) sugirió que practicara en la terraza de la casa. Es que en nuestro segundo piso había buena parte aún sin construir y el amplio espacio se prestaba para que yo pudiera seguir maltratándome mientras trataba de resolver la incógnita de poder andar derecho en la bici y sin los pies en la tierra. Tres meses después y cuando estaba a punto de renunciar a tan difícil empresa, logré mantener el equilibrio. Fue una emoción muy intensa: después de tanto golpe aprendí por fin a montar bici.

Faltaba ahora transformarla en bicicleta masculina. Mi papá se encargó de hacerla pintar de azul y de desinstalarle la canastita delantera. Cuando mis amigos del barrio vinieron a buscarme para salir a montar bici en grupo se rieron señalando a mi nuevo, flamante y repintado vehículo: "pero si es la bici de tu hermana!". Ahora entiendo la expresión "se fue como por un tubo". Eso pasó con mi orgullo en ese instante. Pero lo recuperé pronto pues resultó que a pesar de no tener cambios ni ser de carrera como la de mi hermano mayor, era bastante rápida así que fue solo cuestión de tiempo recuperar el orgullo perdido.

Cuando vendimos la casa y tuvimos que mudarnos a una mucho más pequeña nos vimos obligados a regalar y vender muchas cosas para liberar espacio. Si no me equivoco, entre ellas estaba mi bicicleta que ya había dejado de usar buen tiempo. Algunos años después me vi en la posibilidad de comprar una bici propia. Pero esa historia será motivo de otra entrada más adelante.

miércoles, 9 de octubre de 2013

El Inglés y una Despedida Silenciosa

Aún no encontrábamos casa después de haber visitado varios departamentos, casitas y casonas. La verdad es que siendo 6 personas de diferentes edades y necesidades era complicado encontrar un inmueble apropiado para establecernos. Cuando ya tenía 18 años y seguía sin estudiar ni trabajar mi abuela que vivía con nosotros me ofreció pagarme las clases de inglés. Es decir, que continuara lo que empecé estando en el colegio y que no pude seguir por los problemas económicos familiares. Solicité ingresar al Británico y tuve que pasar un examen de clasificación. Como todos los institutos de inglés de ese tiempo me calificaron más bajo para que lleve más ciclos: me mandaron al primero de todos los niveles cuando yo había estado casi en intermedio. Esto se hizo evidente cuando aprobé los cuatro primeros ciclos con la máxima nota posible.

Para entonces ya habían empezado a llegar al barrio nuevos amigos de lugares más alejados. Y algunos con personalidades medio extrañas, otros con costumbres no muy santas. Estaba el que tenía mucho dinero pero lo usaba para tomar alcohol en todas sus preparaciones y presentaciones, el otro que era mucho más amable pero consumía ciertos polvos no muy sanos de vez en cuando. El ser tan callado hizo que me vuelva muy observador por lo que las conductas de muchos se me hicieron evidentes y tuve que tomar una decisión: no saldría más con el nuevo grupo que se iba formando. Entre ciertos comportamientos que no encajaban con mi propia conducta y que sabía que pronto nos mudaríamos llegué a la conclusión que lo mejor era empezar a alejarme. De todas formas, los que fueran en ese entonces mis amigos más cercanos ya se habían mudado. Era, como quien dice, hora de echar raíces en otros lados.

Ya tenía previsto todas las actividades que realizaría entre el inglés y el deporte en casa. Cabe mencionar que en ese año ya me "entrenaba" solo (Ver entrada: "Deportes Caseros"). Entonces no me era tan necesario contar con el nuevo grupo del barrio. En el inglés destaqué rápidamente ya que al haber sido incluido en un nivel tan bajo las "A" llegaron sin mucho esfuerzo durante los 3 o 4 primeros ciclos. Los siguientes ya requirieron más esfuerzo. Aparte de ello, con una pequeña mejora en la economía de casa mi madre me ofreció ayudarme con una carrera técnica corta que podría servirme a mediano o largo plazo. De esta forma empezaba a estar más ocupado y a formar parte de dos nuevos grupos de amigos, casi todos bastante mayores que yo. Ambas nuevas experiencias serán motivo de los próximas entradas.

miércoles, 25 de julio de 2012

Dolores Auditivos

Una de mis mejores amigas me hizo recordar uno de mis más comunes padecimientos de niño: los dolores de oído. Parece que mi memoria optó por borrar estos eventos por un tiempo o será que nunca me volvió a doler. Lo cierto es que fue uno de mis terrores cuando me pasaba, este dolor sólo podría describirlo como semejante a cuando se destapan de golpe los oídos al cambiar bruscamente de altitud. Por ejemplo, cuando uno baja de una altura de sierra a la costa y se le ocurre bostezar: el golpe que se siente dentro del tímpano es feo, pero si uno se imagina varios golpes que le resuenan dentro de cada oído como mazazos uno detrás de otro, entonces tendrá una idea de cómo era mi problema cuando era atacado por este mal.

No recuerdo si era uno de los síntomas del resfrío o de la gripe o venía sin compañía. Pero sí recuerdo que alguna relación tenía con las "cucarachas" que mi otorrino, el doctor Watanabe me sacaba cada cierto tiempo del fondo de las orejas. Recuerdo las persianas verdes de su consultorio y las inagotables revistas de Condorito que leía mientras esperaba mi turno. Se ponía su vincha con una pequeña lamparita adosada a la misma y cogía una especie de tenaza de metal la cual introducía en mi oreja. Aún puedo evocar el frío que se sentía cuando su herramienta chocaba con las paredes del oído y las pequeñas cosquillas que me daba cuando jalaba alguna pequeña masa marrón, o poco más, de allí dentro. "Mira las cucarachas que saqué" me decía orgulloso blandiendo lo que había pescado de dentro de mis orejas. Y fue también él quien me recetó las gotas para el dolor de oído. Se llamaban "Audal" y fueron una bendición para calmar aquel padecimiento que de niño me atacaba periódicamente.



El "Audal" era un pequeño chisguete amarillo parecido a una pomada, sólo que lleno de un líquido medio viscoso y amarillo. Debía poner agua caliente en un vaso, utilizaba uno de plástico y el agua del termo del comedor, y una vez que estuviera por lo menos tibio tenía que echarme de costado con la oreja dolorida hacia arriba y echarme un par de gotas presionando el tubo para seguidamente taparme el oído con un pedazo de algodón. Debía estar así por lo menos unos diez minutos para evitar que el líquido se regrese. Y cuando no esperaba lo suficiente, el efectivo "Audal" se encargaba de hacerme echar de nuevo cuando se regresaba quemándome buena parte del interior de mi oreja. Si me dolían ambos oídos debía repetir el proceso con el otro lado. Indefectiblemente, el pedazo de algodón siempre salía manchado de amarillo intenso. Y yo terminaba efectivamente aliviado.



No recuerdo que haya vuelto a tener un dolor de oídos como el descrito desde hace muchos años. No sé si tendrá algo que ver con mi intensa capacidad auditiva actual pero lo cierto es que esa habilidad para escuchar hasta el más mínimo detalle de lejos también puede ser una desventaja rayando en la tortura: hoy necesito usar tapones para dormir pues al tener tan desarrollado el oído puede despertarme el sonido de las gotas de lluvia cayendo en mi jardín o una señora pasando con tacos delante de la puerta de mi casa. Considerando que mi cuarto queda casi al fondo de la casa es evidente que no podría dormir sin los tapones salvadores, salvo que esté realmente agotado. Y ya tengo mi provisión de cajitas por si a la compañía que los fabrica algún día se le ocurre descontinuarlos.

jueves, 19 de julio de 2012

Buscando Nueva Casa

En alguna de las entradas anteriores hay alguna somera descripción de la casa de San Isidro. Recuerdo que alguna vez escribí que casi todos mis sueños que transcurren en una casa, son en ella. Digamos que mis vivencias de los 0 a los 18 años quedaron muy marcadas allí. Solía decir que si algún tenía demasiado dinero, la compraría y la modificaría hasta dejarla igual o casi igual a como fue durante esos años. Y tendría que recomprarla porque la tuvimos que vender. La economía en casa se fue resquebrajando con los años y con los gobiernos. Gracias al milagroso primer gobierno de Alan García, más conocido en esos años como "Alan Damián", nos fuimos casi a la quiebra. Digo milagrosos porque para que una sola persona atrase por cerca de 20 años a todo un país, pues no hay que restarle méritos creo yo. Nuestra casa, si mal no recuerdo, tenía cerca de 400 metros de terreno y unos 200 y poco más de área construida. Era bastante grande y albergó a mis dos padres, mis dos hermanos, mi abuela y durante buen tiempo a mi tía abuela también. Y a veces, a alguna trabajadora del hogar, que alguna vez requerimos.

Es decir, alguna vez llegamos a ser ocho personas conviviendo casi cómodamente. Pero los tiempos cambian y la economía también. Durante el año 1990 y 1991 estuvimos viendo de vender la casa pero siendo tan grande nadie parecía dispuesto a comprarla y menos aún, pagar lo que realmente valía. Y como somos previsores, nos pasamos ese tiempo viendo casas y departamentos, cual corredores inmobiliarios. Puedo decir que la experiencia me gustó mucho: el visitar en una casa, poder sentir algo así como su "personalidad" y también encontrar todas sus fallas o cositas escondidas que ni los dueños o el corredor querían que uno notara. Lo que menos deseaban es ver a un chiquillo, prácticamente recién salido del colegio con una especie de maldito radar que los ponía en apuros para explicar tal grieta acá, tal humedad allá y cuanta cosa sintiera que andaba fuera de lugar. Y también era un problema cuando visitaban nuestra casa ya que mi abuela nunca quería estar visible. Debido a que su cuarto quedaba en el primer piso, era el primero que llegaría a ver cualquier visitante. Nos daba tiempo de avisarle pues quedaba al fondo del corredor. Pero alguna vez nos tomaron de sorpresa, cuando le avisamos que una pareja de señores vino a ver la casa no dio tiempo de que se fuera escaleras arriba o se pasara al patio por la puerta adicional que tenía el jardín. Le sugerimos que se quedara sentada en su mecedora mientras tejía y que no se preocupara a lo cual asintió, al parecer no muy convencida.

Grande fue nuestra sorpresa cuando llegamos al cuarto de mi abuela con la pareja visitante y ella no estaba. Nunca la vimos salir y era imposible que haya salido por el patio en otras ocasiones. Lo cierto es que se esfumó. Algo que le llamó gratamente la atención a nuestros visitantes fueron los amplios closets que teníamos. Puertas corredizas y bastante fondo tanto que podían caber dos o tres personas al mismo tiempo. El señor abrió una de las puertas y asomó un poco la cabeza. Una sospecha pasó al mismo tiempo por la mente de mi madre y la mía y respiramos aliviados cuando el visitante decidió no entrar a revisar más adentro del closet. Una vez que se fueron los sorpresivos visitantes prácticamente corrimos al cuarto de la abuela a cerciorarnos si es que estaba donde creíamos. Pues adivinamos: había acomodado un banquito al fondo del closet y se había sentado ahí a leer medio tapada por algunas prendas que colgaban de sus respectivos ganchos. Si nuestro visitante hubiera metido más la cabeza hubiera encontrado a una anciana tejiendo metida en un closet y podría haber pensado que la maltratábamos metiéndola allí o quizá nos hubiera preguntado si venía incluida con el inmueble. Lo cierto es que nos pasamos más de un año tratando de vender nuestro querido caserón y buscando donde mudarnos. Pero el desenlace de la mudanza aparecerá recién en la próxima entrada.

martes, 10 de julio de 2012

Mi Primer Dentista

No recuerdo con exactitud la primera vez que me llevaron al dentista. Recuerdo sólo a uno y no como muy buena experiencia. Cuando escucho la palabra "dentista" lo primero que viene a mi mente es el taladro (que me costó colgar en esta entrada debido a mis malos recuerdos sobre él) y el dolor, o mejor dicho dolores que me causaron los pocos dentistas que debo haber tenido en mi vida.
Estoy seguro que a más de uno le recordará pesadillas. El solo recuerdo del sonido del motorsito diabólico cerca a mi cara ya me espanta. La sensación de que me destruían un diente o muela de a poquitos me aterraba y el sabor del agua que debía escupir de rato en rato me daba asco. Sólo esa parte de tooooda la visita al dentista, me era ya super traumática. Alguna vez me tuvieron que sacar una muela con raíz y todo. "No te preocupes, te pondremos anestesia" me dijeron. Y pobre niño confiado, yo creía que por eso ya no iba a doler nada. Lo que no me aclararon es que iba a necesitar anestesia para que no me duela la clavada de la tremenda aguja que me clavarían dentro de la boca para ponerme la bendita anestesia "para que nada me duela."
Cuando fue insertado semejante monstruo dentro de mi pobre boca recordé a toda la parentela femenina de mi dentista hasta llegar a la misma Eva. Así de insoportable me pareció el dolor en una zona por demás bastante sensible. Esa fue uno de los inicios de mi fobia a los dentistas en general.

Tiempo después mi papá me convenció de volver a ir al dentista. Se me había picado una muela y supuestamente había que cambiarla. El primer día fui acompañado de mi señor padre quien me presentó a su amigo. Le decían "pitufo" porque era algo chato y me cayó bien. Pensé que no lo odiaría como al que me clavó la inyección terrible descrita en el párrafo anterior pero no, era muy buena gente y muy agradable. También me explicó que no debía preocuparme tanto porque mis dientes no fueran tan blancos como se veía en los comerciales de pasta dental: "que sean blancos no quiere decir que sean sanos, tus dientes son bastante duros y a pesar de no ser tan blancos son de mejor calidad que muchos otros". Nunca supe si era el preámbulo para que lo odie también a él o si era verdad lo que me decía.

Al que sí odié fue a su ayudante. Resultó que necesitaba una ortodoncia y para ello era necesario que me saquen una radiografía de la muela. "No duele", me dijo y dada la experiencia anterior no lo creí. Entonces el ayudante me enseñó una plaquita negra y me explicó que ello se acomodaba al lado de mi muela y que el proceso era muy rápido. Y otra vez caí en la farsa. Lo que no me dijo es que la plaquita de marras debía ir clavada entre dos dientes y hasta el fondo de la encía que me dolía como los mil diablos. Y obviamente no me atreví a pedir que me pusieran anestesia. Al final, salí casi llorando pero con un lindo primer plano de mi muela picada. El esfuerzo valió la pena, unas dos semanas después de algunas dolorosas sesiones de con taladro y demás instrumentos de tortura tenía mi nueva muela hecha de amalgama, si es que no recuerdo mal el nombre. Y la llevé orgulloso por casi medio año en que la reluciente pieza dental decidió irse a en libertad ya que se salió sola. Y desde entonces nunca más fui engañado ni torturado por dentista alguno.

miércoles, 4 de julio de 2012

Mi Segunda Biblioteca

Cuando ya estaba en tercero de secundaria era un asiduo visitante de la biblioteca de mi colegio. Había encontrado pocos libros de Emilio Salgari, uno de mis autores favoritos, pero allí me hice "amigo" de Julio Verne
quien me entretuvo horas de horas con viajes ya sea a la luna, al centro de la tierra o al fondo del océano entre otras aventuras que me tuvieron recorriendo el universo mientras estaba echado en el sillón de la sala, en mi cama o mientras almorzaba o cenaba.

Poco tiempo después conocí una colección llamada "Los Pequeños Investigadores" de Alfred Hitchcock. Algunos de mis mejores amigos, antiguos visitantes de la biblioteca del colegio pugnaban por conseguirlos y leerlos ya que era una especie de serie ordenada por capítulos. Y de hecho que me pareció bastante interesante cuando me prestaron uno para hojearlo. Pero resultó muy difícil conseguir alguno, no éramos los únicos que habían descubierto semejante tesoro, así que mi solución fue el sistema de reservas. Pero no contaba con que la lista de reservas era tan larga que más fácil era esperar a ver cuándo tendría suerte de encontrar libre alguno de los libros de la dichosa serie. Un compañero de clase siempre tenía alguno de estos libros en su mochila y me preguntaba cómo hacía para saber en qué momento pedirlos. Grande fue mi sorpresa cuando en una de mis asiduas visitas a la biblioteca en los recreos lo encontré atendiendo en ella. Me enteré de golpe que existía un sistema de atención de alumnos de apoyo, cuatro en total que atendían al resto de alumnos en los recreos ayudando a la bibliotecaria. Mi amigo me contó que uno estaba por irse así que era la oportunidad perfecta para estar cerca de los ansiados libros que nunca podía sacar.
Fui presentado a la bibliotecaria quién me instruyó rápidamente y me puso a cargo del alumno que se estaba por retirar a fin de que me enseñe todo lo que él había aprendido. Fui mi primera experiencia con un "jefe" déspota y abusivo, entonces aprendí que existen personas a las cuales no se les puede dar ni una pizca de poder ni gente para mandar. Fueron dos semanas en que tuve que aguantar humillaciones e insultos pero la posibilidad de conseguir los ansiados libros que tanto tiempo quise leer no fue lo único que me estimuló a contar los días de esta pequeña dictadura.

Resultó que la misma sensación que tuve cuando me presentaron el mueble lleno de libros en mi casa (Ver: Mi Primera Biblioteca) me vino al cuerpo pero multiplicada por 100. Tenía a mi disposición corredores de corredores de libros de todo tema y tipo. Aguantar a un cretino por cuatros días más podía valer la pena, sobre todo que le irritaba que yo no le respondiera. Allí aprendí a tener paciencia para no caer en las provocaciones. Mi suplicio llegó a su fin más rápido de lo que pensaba. Cuando mi "jefe" perdió la paciencia por enésima vez ya que yo me rehusaba a contestar sus insultos me metió una cachetada, asumo que de desesperación, acto que fue visto por la bibliotecaria quien se sorprendió y molestó al mismo tiempo. Así que pronto fui libre de trabajar sin problemas y de tener acceso a todos los libros que quisiera, siempre y cuando no fueran solicitados por otros alumnos. Tuve acceso a la lista de reservas y me di cuenta que los libros que siempre tenía mi amigo eran los que nadie pedía porque ya eran más o menos antiguos, es decir, no eran los más pedidos. Ahí aprendí que no se debe abusar de una posición de dominio y le tuve mucho más respeto ya que indirectamente me dio una lección de vida que llevo hasta ahora.

Ese día ambos fuimos elegidos como los dos mejores lectores del año por la cantidad de libros que leíamos. Me decepcionó un poco que el premio a mejor lector del año fuera... un libro. Pero lo que me gustó fue que era de Salgari y justo uno de los que no tenía en la colección de mi casa. Me pareció un gran gesto de parte de la bibliotecaria quien tenía mucho aprecio por quienes colaboraban con ella. Recuerdo que no sólo aprendí a clasificar y reparar libros (artes que he olvidado un poco actualmente) y a confeccionar fichas con resúmenes de las novelas más leídas por los alumnos del colegio.

Fueron tres años los que colaboré con la biblioteca la que representó muchas cosas para mi: un refugio de quién fue mi terror en los recreos (hoy lo acusarían de algo parecido al bullyng), un caja de sorpresas pues ante cada llegada de nuevos libros me llenaba de emoción tratando de adivinar de qué títulos se tratarían, de crecimiento pues algunos valores y otros saberes que poseo vienen de esa época.


Y por último sirvió de alivio para mis padres cuando yo ya estaba en quinto de secundaria. Ya la economía en casa no era la misma y se estaba haciendo difícil pagar la pensión del colegio. Fue entonces que mi doble esfuerzo de representar a mi escuela mediante el tenis de mesa y de trabajar en la biblioteca me permitió acceder a media beca. Claro que también valió el que a pesar de no ser de los primeros puestos mis notas no eran malas a pesar de las actividades extra académicas. Aunque según algunos desde los 16 años ya me estaba perfilando como workaholic con tanta actividad... En la foto aparezco (con muchísimos kilos menos) entre la señorita María Becerra (Bibliotecaria) y Barsen García (Director) quienes mucho tuvieron que ver con parte de mi formación académica y personal.

martes, 26 de junio de 2012

ReVuelta

Todo el 2012 no volví a escribir. No sentía la necesidad como antes, mi estilo de escribir nació como catarsis, sobre todo como producto de mi antigua y proverbial incapacidad para comunicarme verbalmente (no en vano, durante un tiempo fui llamado "el mudo"). Y sirvió para observarme a mí mismo en el pasado, para conocerme mejor y de rebote, algunas personas que leyeron toooodo el blog (que poco no es) me manifestaron que ahora entendían mejor mis puntos de vista y sentían que me conocían mejor. Hoy en día, esa capacidad de comunicación con la que supuestamente no contaba ha sido desarrollada con creces, en realidad aprendí que hasta el no hablar también es una forma de decir algo, privilegiados quienes lo entienden. Aunque actualmente a veces hablo tanto y tan rápido sin darme cuenta (me lo han hecho notar) que pareciera que quiero recuperar el tiempo perdido. Y cuando escribo, suelo explayarme aún más, puede que esa sea la explicación de por qué las entradas de los blogs no son pensadas ni planeadas, sólo nacieron de la necesidad y las terminé en pocos minutos. Por ello nunca tuvieron la regularidad que pretendo darle ahora al blog. Esto surge de la necesidad de ordenar, no sólo la forma de escribir sino muchas otras cosas que seguramente se irán notando a medida que vuelve a avanzar el blog. Y nuevamente, bienvenidos a quienes les interese leer algo de lo que escribo. Y renuevo mi gratitud a quienes con sus comentarios me ayudaron a mejorar muchas cosas. Y mi sorpresa para con quienes a pesar de ni conocerme se animaron a dejarme y comentarios y/o consejos. Saludos, FIEK.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Hobbies Extraños

En realidad no es que sean extraños. Sé de personas que comparten algunas de mis aficiones, pero he comprobado que a muchos les parecen raros. Quizá es que hoy es más factible hacerse fan de los juegos de computadora, pero mis hobbies los tengo desde niño y podría decir que me han ayudado a relajarme y a pensar cómo solucionar problemas a lo largo de mi vida:

Los rompecabezas: no recuerdo mucho los que tuve de muy pequeño, con las justas recuerdo unos pequeños cubos de madera con dibujos que calzaban entre sí si los colocaba en la posición correcta. No recuerdo de qué eran los dibujos, el que si tengo grabado en la memoria es uno de los muppets: el Oso Figaredo aparece al volante de un auto que se asemeja al antiguo auto verde de mi padre.
Y uno de la guerra de las galaxias donde aparece Jabba the Hut en sus aposentos. Nunca me cansaba de armarlos, desarmarlos y armarlos otra vez. Pocos años después me regalaron dos rompecabezas más grandes: de 500 piezas. Uno de indios y otro de vaqueros. Creo que completarlos no me duró más de 3 o 4 días. Pronto llegaría el primer puzzle de mil piezas, todo un reto, cumplido en menos de una semana. Y cuando comencé a trabajar, empecé a comprármelos a mi propia elección de tanto en tanto. Lo que nunca logré o porque eran muy caros o porque no los encontré nunca fueron los de 2,000 o 2,500 piezas. Es un reto que tengo aún pendiente.

Los geniogramas: venían siempre con el diario "El Comercio" los martes, jueves y sábado pero nunca me habían llamado mucho la atención porque me parecían bastante difíciles. Claro que mi primer acercamiento con ellos fue a los 6 o 7 años. Mi cultura general aún era bastante limitada, aparte que para entonces aún no había encontrado los libros de mi primera biblioteca (ver entrada al respecto). El accidente que tuve con una bicicleta a eso de los 13 o 14 años aproximadamente me dejó una cicatriz en el pliegue de la rodilla (hasta hoy se ve) y en cama por casi tres semanas, hasta que cierren los 8 puntos de sutura. El aburrimiento por no poder salir a hacer deporte me obligó a buscar un pasatiempo nuevo. Así fue como redescubrí los geniogramas. Empecé a buscar periódicos guardados donde hubiera alguno sin resolver.
Me armé de un diccionario enciclopédico antiguo, de un atlas y de la enciclopedia "El Tesoro de la Juventud". De esta forma, era difícil que dejara algún crucigrama sin mella. A veces me faltaron dos o tres letras que mamá o papá (expertos en estos artes) me ayudan a resolver. Con el tiempo y con una enciclopedia nueva y con la ayuda esporádica de internet los pude superar. Lo único malo es que nunca he ganado nada con los concursos de los geniogramas durante todos estos años, pero siempre le agradeceré a Mario Lara (que en paz descanse el hacedor de geniogramas) por motivarme a aumentar mi cultura general desde pequeño.

Caminar sin rumbo: esto no lo inicié desde tan pequeño sino ya algo mayor, pero es una afición que me llevaría con los años a aficionarme a los campamentos y/o viajes. Empezó en el club "El Bosque" de chosica donde caminaba por los cerros viendo hasta donde podía llegar. Claro que mi límite era el muro perimétrico del club así como los carteles que decían que ya no siguiera por la ruta que había decidido. Cuando ya más grande y que nos habíamos mudado por Miraflores a la espalda del "Rancho" empecé con las primeras depresiones (las razones no vienen al caso ahora).
Mi relajo era poder caminar por las calles aledañas que me llevaban a ninguna parte... por ese lado la mayoría de parques se parecen y casi todas tenían una virgen en el centro. Aún cuando ya tuve mi primera bicicleta 100% propia continuaba perdiéndome por estas calles a pesar de mi buena memoria para ubicarme. Ya viviendo en Jesús María salía a veces a caminar, desde arenales hasta por el golf o al parque de los olivos en San Isidro. Siempre dejé que mis piernas me llevaran donde quisieran, para luego regresar en bus a casa, ya más tranquilo, ya más relajado.

Todo ello me ayudó, y me ayuda, a pensar. A reflexionar sobre muchas cosas, a volver atrás mis pasos y ver qué cosas mejorar en general. Son placeres solitarios que en realidad son más agradables de realizar estando acompañado. ¿Alguien se anima?

sábado, 9 de julio de 2011

Deportes Caseros

No recuerdo por qué fue que me molesté mucho con los amigos con los que solía jugar cerca de mi casa pero hubo un tiempo en que decidí no salir de ella. Es decir, no quería salir a jugar ni fulbito ni basket ni nada. Esto, si mal no recuerdo, fue poco tiempo antes de que se presentaran en grupo en la puerta de mi casa pidiéndome que tapara para el equipo del barrio. Nunca fui un gran arquero pero al menos alguna idea tenía y la destreza que no tenía con los pies la tenía en las manos. Y el ser ágil me ayudaba a lanzarme muy rápido en pos de la pelota. Pero la descripción de esta habilidad está en entradas más antiguas.

Como nunca quise dejar de hacer deporte traté de crear alguno en que pudiera competir contra alguien a pesar de no contar con ningún amigo para hacerlo por el momento. Lo lógico hubiera sido que tratara de establecer una marca propia y cada vez me superara un poco más. Pero no, eso era lo que todo el mundo haría. Yo creé dos jugadores muy parecidos: uno era yo y el otro también era yo. De esta forma podía competir contra mí mismo. El siguiente paso era idear los deportes en que íbamos a competir. La solución estaba en el amplio garaje de mi casa y dio como resultado tres distintos deportes: tenis de mesa, basket (lanzamientos a la canasta en realidad) y golfito, todos en versión "domicilio".



El tenis de mesa era muy sencillo: bajaba sólo la mitad de la mesa, la apoyaba en la pared y debía rebotar la pelota en ella contando cuántas veces podía hacerlo sin fallar. Con el entrenamiento que ya tenía en este deporte, pronto me di cuenta que cuando erraba era porque se me había cansado el brazo, aparte que contar el número de botes en la pared resultaba muy aburrido. Así que decidí hacerlo más difícil: ya no pegaba la bola en la pared, la estrellaba de tal forma que la pelota regresara muy rápido y me obligara a hacer efectos o a lanzarme cual arquero para evitar que la bola caiga al suelo o dé más de un bote en la mesa. Sin saberlo y sin quererlo este juego potenció la agilidad y los reflejos que ya tenía.

El basket fue otra historia: siempre tuve buena puntería para encestar pero era muy malo para jugar. Creo que salvo el fulbito o futsal (que actualmente he abandonado debido a una lesión en el pie) no me agradan mucho los deportes de mucho contacto (muchas veces contacto significa golpe, y ello no me agrada). Necesitaba una canasta que no tenía y un lugar dónde colgarla.

Adicionalmente necesitaba una pelota de basket. En casa teníamos una pero muy vieja, tanto que ya ni daba bote. La solución fue fácil. Como me daba un poco de vergüenza la canastilla que llevaba en la bicicleta (ver entradas anteriores), ésta estaba tirada en un rincón del garaje, después de haberla desinstalado para que la bici que usaba pareciera de hombre. De esta forma la canastilla se convirtió en canasta. Y como necesitaba una pelota más pequeña, mi pelota de básket se volvió verde: una pelota de tenis de campo bastante vieja que funcionó muy bien. Y lo mejor era que nunca perdía en las pequeñas competencias que se llevaron en mi garage entre yo... y yo.



El último deporte fue golfito. Aquí debe haber empezado el proceso de desarrollo de la creatividad. La barra con la que trancábamos el garage era delgada y de fierro y en el extremo tenía un pequeño saliente. El suelo de nuestra cochera tenía algunas depresiones y pequeños hoyos los cuales se convirtieron en mis objetivos. Y nada mejor que una pelotita de tenis de mesa para que reemplace a una de golf. Fue un ejercicio de precisión bastante difícil, sobre todo cuando el hoyo era muy poco profundo y la bolita más grande que él. En resumen, potencié mi agilidad, mejoré mi precisión, obtuve más fuerza en las piernas y me divertí conmigo mismo sin necesidad de nadie más. Fue entonces cuando me di cuenta de lo difícil que es aburrirse cuando uno echa a volar aunque sea un poquito la imaginación.

jueves, 28 de abril de 2011

Mi Primera Biblioteca

Desde chico me gustó leer. No tengo recuerdos de que mis hermanos hayan estado leyendo algo sin que yo pudiera hacerlo salvo que estuviera en otro idioma. El Comercio, periódico que compraban a diario en mi casa fui una de mis primeras lecturas frecuentes, sobre todo las tiras de cómics que ponían en ellos. Pronto empecé a leer de todo, pero en ese entonces aún me aburría mucho la parte de política. Empecé a tomarle interés poco tiempo después ya que por la casa rondaban dos libros que empecé a leer por partes. Se trataba de "El Poder Invisible" y de "El Miserable". Más que todo me gustaba ver las fotos y la descripción de las mismas pero pronto me comenzó a interesar el contenido. "El Otro Sendero" también me pareció bastante interesante. De esta forma empecé a leer todo lo que cayera en mis manos: periódicos, revistas, libros de todo tema y de tanto en tanto algunas novelitas de bolsillo que compraba mi papá. La mayoría eran de ciencia ficción y algunas otras de espionaje. Me duraban menos de la mitad del día pues me concitaban tanto interés que no las soltaba hasta que las terminaba.

Poco a poco mis padres empezaron a "soltarme" uno que otro libro de aventuras, quizá al ver que tomaba prestados los que leían mis hermanos. Cuando se cercioraron que leía como condenado y que las novelas no me duraban más de tres días decidieron hacerme un regalo muy especial: en la Casa de San Isidro, especialmente en el "Patio de la Virgen" como le llamábamos había un armario celeste que sólo podía ser abierto con llave. Nunca supe ni me interesó qué había dentro. ¿Por qué le interesaría a un niño de 12 o 13 años un armario viejo ya algo polvoriento? Salvo que sea un fanático de la lectura, sobre todo de novelas y que dentro de él haya precisamente eso, novelas. Fue una especie de emoción violenta. El ver tantos libros y novelas todos juntos dentro de un armario y mi cabeza sólo llegaba a la mitad de su altura.



Desde ese día mis más fieles compañeros de aventuras fueron "Sandokán", "El Capitán Tormenta" y "El Corsario Negro", todos de Emilio Salgari, uno de mis autores favoritos sino el primero en orden de preferencias. Julio Verne también fue culpable de que pase horas de horas ensimismado en su "Viaje a la Luna" y demás obras imperdibles. Y numerosos títulos y autores, que no me es posible recordar todos salvo que vea el título y deba decir "ya lo leí", y fácil lo volvería a hacer. Otro de mis autores favoritos fue y es Sofocleto (Luis Felipe Angell, que en paz descanse) de quien había varios libros en la casa, siendo muy divertidos e ingeniosos. El principal se llamaba "Los Cojudos", y otro que me hizo reír mucho fue "El Manual del Perfecto Deportado". Tuve que investigar para saber que Sofocleto fue deportado varias veces por diferentes gobiernos, debido a que practicaba un humor irreverente y sobre todo muy sarcástico con los políticos de los años en que tuvo vigencia. Lo considero el culpable del poco o mucho sarcasmo que pueda estar reflejado en algunas o en gran parte de las líneas que escribo. He aquí un link a un pequeño extracto de una de sus obras más conocidas: http://www.trazegnies.arrakis.es/index9b.html

Me pasé más de un verano (vacaciones de colegio) leyendo. Leía echado en el sillón de la sala, leía mientras viajábamos a algún lado en el carro, leía mientras desayunaba, almorzaba o cenaba y leía, por supuesto, en el baño... A mi madre era a la que más le molestaba que leyera en la mesa, pero no el hecho de leer, sino que me demoraba mucho en terminar de hacerlo. Siempre me decía que tardaba tanto en terminar de comer que mejor me servía todo frío. Si en ese tiempo hubiera existido el microondas no habría tenido que aprender a leer tan rápido. Mi integridad alimenticia empezó a depender de mi "rapidez lectora". Y también aprendí lo que era el equilibrio ya que al ser seis comensales en una mesa pequeña, el poder apoyar un libro en ella era poco menos que imposible. Así que me las ingenié para pararlo delante de mí. Me servían de apoyo o una jarra o un termo y para que las páginas no se regresen, mis aliados eran los frascos de mostaza o kétchup o si el libro no era muy grande, podía utilizar el salero o el azucarero. Desistí de usar vasos con agua pues corría el riesgo de ahogar al protagonista de la novela de turno. Debo confesar que esta mala costumbre de leer comiendo se me ha quitado. Actualmente veo películas mientras me alimento. Y el hábito de la lectura continúa, pero esta vez de manera nocturna con todas las novelas que sea capaz de encontrar...

domingo, 24 de abril de 2011

Peligro en la Cocina: limones traicioneros

Ya he contado antes cómo fue que mirando aprendí a cocinar algunas cosas simples tales como la premisa básica de cómo freír un huevo. Pero otra cosa es sancocharlo... para ello se necesita una olla pequeña con agua para hervir el huevo dentro y sobre todo tener un buen minutero o "timer" y recordar para qué fue que lo programó uno, más aún recordar que lo programó. Si uno lo olvida pueden pasar dos cosas: la primera que el agua se seque, el huevo se negree y al final parezca un huevo de pascua, es decir, de chocolate por el color marrón, pero francamente incomible. La segunda probabilidad es que el huevo no esté del todo bien sellado, es decir, que explote convirtiendo el proceso de sancochado en un sopa medio rara de color amarillo, blanco y algunos tonos no muy confiables de verde.



Luego aprendí como se hacían el arroz y los fideos, procesos bastante fáciles pero con algunos secretos que hacen que el sabor sea mejor que otras formas de prepararlas más comunes. Pero lo que en realidad más me llamó la atención fue el preparar postres. Empece con la típica cajita de helados Royal cuyo polvito mezclaba con la leche batida cuando ya estaba a punto. Azúcar más y listo, a la congeladora para disfrutar después de doce horas. Pero me empezó a aburrir el mismo sabor artificial de siempre y decidí incursionar en el campo de los helados de sabor natural. Mi primer experimento tuvo un resultado formidable: fue un desastre y las manchas en las paredes de la cocina eran fieles testigos de ello. Necesitaba jugo de alguna fruta para poder echarle a la leche batida así que no tuve mejor idea que hacer una super limonada pensando en preparar un incomparable helado de limón que sabiera realmente a limón. El problema fue que cuando lo eché en la leche algún proceso químico debe haber conspirado para que el helado decidiera irse a visitar las paredes de todos los alrededores incluyendo mi ropa que quedó moteada de blanco. La solución fue poner papel periódico a los alrededores de la batidora para evitar que la cocina se convierta en un campo de nieve en pleno y radiante verano. Para terminar rápido debo confesar que el helado nunca se convirtió en lo que yo esperaba. A las horas siguientes decidió volverse una masa espumosa que tenía un gusto alco cercano al limón pero mucho más a la leche cortada... semanas después descubrí para que servía el colapiz... También descubrí que la lúcuma, el mango y otras frutas pulposas no lo necesitan para hacer cuajar el helado y que éste por fin terminara siendo un éxito entre la familia y amigos.

Luego de mi éxito con los helados decidí incursionar con las tortas. Como me daba un poco de miedo manipular el horno a esa edad opté por probar de hacer tortas o postres que sólo necesitaran refrigeración. Lastimosamente en el recetario de mi abuela no encontraba ningún postre que no tuviera al menos un ingrediente que yo no conociera. Hasta que mi salvación vino con un tarro de leche condensada donde habían recetas de postres y el pie de limón era una gran oportunidad de desquitarme de las derrotas previas con ese traicionero cítrico. Así que junté los ingredientes, preparé la masa con galletas de vainilla siguiendo al pie de la letra la receta, logré hacer el merengue sin contratiempos y el último paso para coronar ese atardecer era preparar el relleno antes de llevar el postre a refrigerar. Cuando pude empezar a pensar en que el éxito en el nuevo rubro de repostería ya estaba cercano, el pie ya estaba en la refrigeradora y me dispuse a lavar todos los cubiertos, platos y demás trastos que utilicé encontré una taza grande con un líquido medio verdoso claro que no había visto antes por estar tapada con otros utensilios. Grande fue mi sorpresa al darme cuenta que era todo el jugo del limón que jamás llegué a meter a la masa del postre. A mi familia le encantó mi pie de limón sin limón del cual sólo probé una cucharada a la que le hallé un gusto muy amargo que hizo que no lo volviera a probar, pero hasta hoy sospecho que no haya sido el sabor del pie de limón si no de cierto perdido orgullo...

miércoles, 19 de enero de 2011

Juegos Peligrosos III

He mencionado la mayoría de juguetes que tuve en las dos entradas anteriores de "Juegos Peligrosos" pero olvidé un detalle: la mala suerte que tuve con ellos. Esto merece una explicación: una de mis tías siempre traía regalos para nosotros cuando venía de Estados Unidos. Y teniendo otro tío que también vivía allá, pues de hecho me completaba los ansiados juguetes de regalo. Sospecho que buscaban los más populares, los que estaban de moda, pero sin tener en cuenta que en los años ochenta en Lima, lo que estuviera de moda en Estados Unidos tardaría en llegar acá dos o tres años más por lo menos. Cuando tenía 6 o 7 años tuve el lujo de poder jugar con un muñeco de Darth Vader, el máximo villano de la Guerra de las Galaxias. Pero no había visto la película y menos había llegado aún al Perú la segunda (El Imperio Contraataca). De esta forma el buen Vader vivió y murió perdido en algún lado a manos de un niño que no tenía idea de que actualmente no habría forma de encontrar un juguete como ese y lo que valdría para un coleccionista.

Mi tío, pasados unos pocos años, me trajo un set de tres personajes de La Guerra de las Galaxias (hasta ahí aún no sabía que Vader era del mismo universo). Estos personajes eran tres robots, uno que parecía un televisor, uno parecido a R2D2 (Artudito) y uno parecido a C3PO (Citripio) pero eran ellos. Y cuando recién pude ver las dos películas siguientes nunca los vi en la pantalla. De mayor los ubiqué en la primera película: eran una especie de robots dañados que son desechados y en lugar de ellos son escogidos los dos robots famosos. En otras palabras, ahí me enteré que tenía los robots más "monses" de la película.




Otro tanto me sucedió con el muñeco "Beast" de la serie de dibujos animados "He Man". Llamaba la atención el tener un muñeco articulado y con su látigo. Pero cuando llegó la serie al Perú resultó que el tal Bestia (la traducción en castellano) era realmente una bestia y lo traducían con voz de tonto. En otras palabras, tenía en mi poder al "asistonto" del gran villano de la serie que era el imponente "Skeletor". Ahora que están más o menos de nuevo los "Transformers" de moda puedo recordar cómo me emocioné cuando la serie llegó a Lima. Yo ya tenía desde algunos años antes a Blaster, un robot que se convertía en un dinámico... radio. Mientras que los otros robots volaban convertidos en aviones supersónicos o corrían convertidos en diferentes autos el mío hacía... nada. Sólo parecer un radio. Y su aparición en la serie de dibujos animados duraba... un capítulo.



Como conclusión podría decir que tuve mala suerte con cada personaje que tuve de cada serie popular de cuando era niño. Por ejemplo, me regalaron dinero para comprarme cualquier juguete y como "Stratos" una especie de hombre - pájaro que salía en "He Man" era mi favorito, fui a la tienda a comprarlo. Cuando llegué se había terminado así que terminó en mi poder el único personaje disponible: "Ram Man" el gordito saltarín amigo de "He Man" que rompe todo con la fuerza de su salto y su cabeza lo cual lo hace hablar como tonto. En mi defensa puedo decir que yo tuve a los diferentes, a los únicos, a los que nadie más tendría y sería muy difícil que los consiguieran. De hecho en esa época nadie los importaría pues no tenían mucha salida, pero para un niño con suficiente imaginación eso no importa...

domingo, 5 de diciembre de 2010

Caídas Memorables

En realidad el título de la entrada debería llamarse "caídas vergonzosas" si me atengo al contexto de cada una. Y eso que no recuerdo todas pero una búsqueda minuciosa en mi memoria me hizo recordar dos de cuando era niño que me hicieron llorar a moco tendido pero no por el dolor de alguna parte de mi cuerpo si por el dolor de mi orgullo.

Para la primera de ellas no logro situar el año pero sí recuerdo que estaba bastante pequeño y que habíamos ido a visitar a una tía mía por parte de mi papá. No estoy seguro si era una casa con piscina o si la casa quedaba cerca al club que tenía una. Lo que sí recuerdo claramente es la advertencia de mi madre diciéndome que tuviera cuidado al andar al borde de la piscina, no fuera a ser que me resbale y me cayera dentro porque no había mucho piso y menos aún tenía ropa de baño pues estaba con ropa de calle ya que se suponía era una visita familiar. Como desde pequeño siempre fui curioso empecé a caminar alrededor de la piscina teniendo cuidado de no acercarme al borde. Como había sido utilizada hace poco tenía varios pequeños charcos al parecer de agua salpicada cuando mis primos lejanos se lanzaban a la gran masa de agua (debido a lo inmensa que me parecía debe haber sido una piscina olímpica).
En el último de los charcos y ya a un paso de terminar mi investigación de los alrededores de la piscina uno de mis pies patinó en el agua y terminé cayendo sobre el agua, pero no de la piscina sino del charco mismo causando tal explosión de gotas que terminé empapado. Cuando me llevaron al cuarto de uno de mis primos para que me prestaran ropa seca, la empleada que me ayudó no podía creer que no me hubiera caído dentro de la piscina debido a la cantidad de agua que exprimieron de mi ropa. En esa ocasión la empapada disimulo mis lágrimas: una mezcla de susto, vergüenza y humillación por lo torpe que fui. ¿A quién se le ocurriría poner un charco traicionero en mi camino?


Otra caída que recordé fue peor que la anterior pues esta vez tuve público masivo y fui el hazmerreir de la tarde... Acabábamos de llegar de un largo paseo en el carro verde palta (ver entrada "Largos Paseos, Terribles Canciones") y mi hermano y yo decidimos ir al parque que quedaba a una cuadra y donde jugábamos partidos de fulbito. Como los que jugaban eran los grandes yo sólo iba a ver y mi hermano a jugar. Él llegó antes y yo que lo había seguido me encontré con que el parque había sido regado hacía poco y que estaba con barro por todos lados. Por ello empecé a caminar con mucho cuidado buscando partes que no fueran muy resbalosas. Lastimosamente me topé con la parte más deslizante de mi vida y aterricé de costado sobre el barro.
No sé cómo se me habrá visto pero las risas de todos los que me vieron caer fue lo que más me dolió y con lágrimas en los ojos y realmente molesto me regresé a mi casa. Como estando tan embarrado no era prudente entrar a la misma opté por irme a un bañito que había en el patio no sin antes tener que aguantar la risa de mi hermana a la que le pareció que podía hacerle competencia al monstruo del pantano... Afortunadamente pude dejar de reírse luego de un rato y me alcanzó ropa limpia pero ya no quise volver a salir de la casa y menos acercarme a ningún jardín o parque durante una semana como mínimo.

Las otras dos caídas vergonzosas fueron en bicicleta, una con la primera que compré y que fue producto del exceso de velocidad. Había salido ya casi de noche y me dirigía hacia el distrito de Miraflores por la ciclovía de la avenida Arequipa. Teniendo tantos años usando una bicicleta me había vuelto muy rápido aunque siempre cuidadoso. Pero esta vez aparecieron unos niños, serían cuatro o cinco en sus bicicletas y aparentemente haciendo carrera entre ellos. Cuando los vi acercarse decidí acelerar pensando en que quizá podían chocarse conmigo pero sospechando que en realidad lo que movía más rápido a mis piernas era mi orgullo. Como me conocía de memoria todos los huecos de la ciclovía, recordaba que por el distrito de Lince había uno bastante grande que después de pasarlo daba a una especie de grieta en la vereda por lo que normalmente bajaba la velocidad para poder pasarlo. Esta vez decidí aprovechar el impulso del hueco (era un desnivel) para pasar este y la zanja sin tener que reducir la velocidad. Y lo logré solo que al parecer la llanta trasera no salió a tiempo de la grieta y cuando seguí avanzando vi como mi timón se movía de lado a lado sin que pudiera controlarlo. Acto seguido me estampé en el piso. Todo pasó en pocos segundos y en unos segundos más pasaron los chiquillos que venían más atrás. Uno de ellos me miró burlón y preguntó socarronamente: "¿Te caíste?". Literalmente mi orgullo estaba por los suelos y el resultado fue mi mano izquierda vendada un par de semanas ya que la bicicleta y yo mismo caímos sobre ella.

La última caída que recuerdo fue hace poco más de un año. Tenía ya la bicicleta que la universidad me había reemplazado por la que me robaron y estaba acostumbrado a ir a trabajar a mi taller de tenis de mesa en Miraflores ida y vuelta en ella. El trayecto lo hacía en unos cuarenta minutos en promedio. Aquel día apenas salí del colegio empezó a llover y ya no podía regresarme y como estaba en short y con una casaca delgada e impermeable preferí seguir camino.

Consideraba peligroso manejar bicicleta bajo la lluvia pero afortunadamente la mayoría de las pistas son porosas y absorben el agua. De todas formas manejé más lento y con mucho cuidado ya que los carros también patinan con la humedad. Demoré casi una hora y entré por la puerta grande de mi universidad sin contratiempo. Recorrí la avenida principal lentamente, di vuelta hacia la derecha y en el último recodo al voltear hacia la izquierda ya para llegar a mi oficina olvidé que no debía presionar el freno al girar el timón. La bicicleta patinó, se fue de costado y la gravedad hizo lo suyo causando que cayera sobre mi brazo izquierdo. Antes de moverme repasé mentalmente todo mi cuerpo para estar seguro que no tenía nada serio mientras pasaba una secretaria de la universidad (suelen estar uniformadas) y cuando la miré me dijo "disculpe joven, yo no puedo levantarlo" y siguió su camino con paso aún más rápido. Un "¿estás bien?" habría sido suficiente. Cuando logré levantarme me di cuenta que estaba lleno de barro debido a la lluvia en el piso que acababa de visitar de muy cerca. Mi mano izquierda me dolía así que llegué a la puerta de la oficina, despeinado, embarrado y con el brazo izquierdo sujeto por el derecho. Los ojos de la chica que trabajaba conmigo entonces se abrieron a su máximo expresión y preguntó: "¿te han atropellado"?? Creo que esa era la mejor descripción de cómo me veía en ese momento después chocado directo y sin escalas con el cemento del piso. Me acompañó al servicio médico donde me vendaron el brazo y me dieron pastillas para el dolor. Cuando alcancé a mi amiga en la oficina que compartíamos me confesó que después de ayudarme a que me atiendan y cuando ya estuvo segura de que no tenía nada grave no pudo evitar reírse...

lunes, 8 de noviembre de 2010

Mi Primera Mascota (2da parte)

Mi primera mascota fue en cuanto a propiedad mi pihuicho (perico verde del Amazonas). Nos regalaron dos, uno para mi hermana y uno para mí. Mi loro como lo llamábamos era el más grande y de hecho algo más viejo, aunque nunca tuvimos idea de que edad podría tener. Como el loro de mi hermana se escapó al poco tiempo compramos otro que era también algo pequeño parecido al que se fugó. Los dos primeros días recibió una pequeña paliza de parte del loro antiguo, "derecho de piso" supongo. Cuando al tercer día ya sospechábamos que no sería muy prudente mantenerlos juntos en la misma jaula los encontramos rascándose mutuamente lo cual era señal inequívoca de que habían firmado la paz (o la rendición en el caso del loro más pequeño).

Fue poco tiempo después cuando empezaron a revelar su verdadera personalidad: llegamos a la conclusión de que no eran pericos normales. Es difícil de explicar, quizá baste el siguiente ejemplo: un tiempo se empezaron a arrancar ellos mismos las plumas del cuello y como paraban pelados de esa parte cual cóndores, decidimos llevarlos al veterinario. Una de las teorías del cándido doctor es que estaban mudando de plumas, pero cuatro meses seguidos era demasiado para que siguieran com disfrazados de buitre. Su otra teoría es que quizá debíamos darles una alimentación más variada y no solamente alpiste. Nuestra carcajada debido escucharse en tres distritos a la redonda lo que hizo preguntar al sorprendido doctor: ¿qué comen? Cuando mi hermana y yo pudimos dejar de reírnos le explicamos que el alpiste lo escupían al igual que la quinua, comían fruta como buenas aves y también choclo... y arroz sancochado y crema huancaína y helado de lúcuma (no les gustó el de fresa) y galletas de vainilla (desde las probaron nunca más le hicieron caso a las galletas de soda). Algo similar ocurría con el pan francés y el pan de yema, siempre optaban por lo más dulce. Claro que su dieta básica esa arroz y fruta, pero cuando veían algo diferente que comíamos se desesperaban por probarlo. Los chillidos y aleteos eran bastante elocuentes.



También se portaban así cuando querían que los acuesten. Ya he contado que pasaban el día encima de su jaula y rara vez se bajaban de ella, a no ser que quisieran que los lleven a dormir. Cuando vivíamos en San Isidro los poníamos en un patio sobre una banca larga y cuando ya estaba oscureciendo el loro mayor se bajaba de la jaula corría hasta el borde de la banca, chillaba y aleteaba y cuando veía a alguien a través de los ventanales regresaba a la jaula y levantaba el trapo con que la cubríamos con el pico. Era su forma de decir que ya tenían sueño y querían irse a dormir. Cuando estábamos ya en Jesús María bastaba que cogiéramos su trapo para que entren corriendo a su jaula. Su dormitorio era la lavandería donde pasaban la noche con la jaula tapada y la puerta amarrada.

¿Puerta amarrada? se preguntará el buen lector. Así es, era para que no se escapen: después de dos semanas de encontrar a los dos loros chillando desde las 6 de la mañana sobre los cordeles de ropa recién lavada (ensuciándola de paso) llegué a la conclusión de que debía convertirme en una especie de centinela para averiguar cómo rayos podían salirse de la jaula si los acostábamos con la puerta cerrada y cuando los encontrábamos fuera de ella la puerta seguía así. Si hubiera tenido una cámara hubiéramos ganado un concurso de videos hechos en casa. Al apostarme una mañana muy temprano desde un rincón de la lavandería tapado con ropa y habiendo dejado un poco levantado el trapo que cubría la jaula a la altura de la puerta me di con la mayor sorpresa de mi vida: el loro grande, es decir, el más viejo (y aquí cabe perfecto lo de que el diablo sabe más por viejo...) se paraba delante, giraba su cuello y encajaba su pico con el borde inferior de la puerta, dejaba que el otro loro salga y manteniendo la puerta levantada este emplumado sucesor de Houdini giraba su cuerpo hasta quedar fuera de la jaula y la bajaba lentamente hasta volver a cerrarla.

La solución fue empezar a amarrar la puerta de la jaula con un pedazo de alambre para que no se salieran. La solución fue buena, pero duró más o menos un par de meses en que empezaron a escaparse nuevamente. Esta vez parecía no haber lógica. La puerta seguía cerrada y amarrada y no se veía por dónde podrían salirse. Uno de los días que se me ocurrió entrar a la lavandería muy tarde en la noche encontré la respuesta. El sonido repetitivo de pequeños golpesitos metálicos me llamó la atención y al destapar la jaula sorprendí a mi loro trabajando cual preso limando su barrote: estaba trabajando con su pico el barrote de la jaula hasta romperlo. Era así como se salían, empujaban el barrote, previamente zafado de la jaula por la parte superior (y que no se notaba) y se salían por ahí. Ello nos obligó a comprar otra jaula ya que al parecer sí era Houdini en versión ornitológica.

Desde ese descubrimiento tuvimos que comprar unas tres jaulas más durante el tiempo que los tuvimos. Resta contar muchas más experiencias con esos pericos increíbles que formaron parte importante de nuestras vidas.

sábado, 23 de octubre de 2010

Tenis de Mesa (aprendiendo más)

Después de haber superado con creces el año en que se me prohibió entrenar tenis de mesa debido a mis bajas notas en el colegio, se me hizo costumbre quedarme dos horas después de las clases tratando de mejorar mi técnica. No era fácil pues las condiciones que teníamos no eran muy buenas en ese entonces. Yo no lo sabía, pero el entrenar en mesas verdes que más parecían pizarras sobre dos taburetes no nos aseguraba el tener una muy buena performance. Y en ese tiempo no existía el sistema "multibolas", al menos en mi colegio. Lo más similar que hacíamos era que nos rebote la bola el profesor o alguno de los miembros mayores del equipo.

Cuando llegué a quinto de media, tuve un nuevo entrenador (mi hermano fue contratado por otro colegio Marista). No sentí mucho la diferencia de estilos, pero lo que sí era notorio era que del último año de secundaria yo era el único seleccionado de mi deporte. Todo el resto eran de un año anterior, es decir, de cuarto de secundaria y un año menores que yo. Parecía que teníamos un buen equipo, se suponía que dos de ellos y yo eramos titulares fijos en el equipo que competiría en Adecore. El cuarto jugaba un poco menos que nosotros pero entrenaba con el mismo afán que el resto. Recuerdo que entrenábamos en una especie de gimnasio pequeño con un techo que parecía de paja y que cuando tocaban el timbre del recreo muchos salían del salón corriendo con su raqueta en la mano para ser el primero en ocupar una mesa (sólo habían cinco). Nunca faltó quien decidiera cerrar la puerta de metal con seguro por dentro para esperar que lleguen sus amigos sin hacer caso a los golpes y puñetazos que le daban los otros alumnos que también querían entrar a jugar hasta que llegara el coordinador de deportes a poner orden.



De lo que era mi equipo de Adecore estaba G.F. al que llamaban el "sorrero". Un "sorry" le llamaban (aún) a quien hacía que la pelotita choque en el borde de la mesa saliendo disparada lo que hacía casi imposible responderla, o en todo caso, pasaba la bola chocando en la parte superior de la ned, lo que podia aguantar la velocidad de esta o cambiarle de improviso la trayectoria. Ambas cosas eran super difíciles de responder y si uno las hacía seguido... se convertía en alguien odioso para tener como rival y G.F. era un especialista en ello al punto que el tercero del equipo que era bastante fortachón siempre terminaba persiguiéndolo alrededor de la mesa para pegarle por... "sorrero". (Extrañamente con los años, de alguna forma heredé esa habilidad tanto que ahora algunos dicen que es insoportable jugar contra mí, aunque siempre he sido superado en ello por mi hermano).

Como no sabía mucho de técnica y usaba una raqueta muy común, mi juego se le hacía complicado a algunos que jugaban con mucho efecto o con bastante nivel. Quizá podía haberlo aprovechado si en ese tiempo lo hubiera sabido. El partido que más llamó la atención de algunos entrenadores fue uno que jugué contra W.A. quien en ese tiempo usaba un jebe (o goma) de cocos (puntos o pimples se les llama también según el país) en el revés. El era uno de los primeros de su categoría en el Perú, no sé si en ese tiempo ya había sido campeón sudamericano, pero con el tiempo tuvo muchos títulos más, lo cual me enteré después de terminar de jugar con él. Lo cierto, es que me ganó dos a cero, pero los parciales fueron 21-19 y 21-19. Cuando terminó el partido y me dirigía a donde estaba el resto de mi equipo noté que casi todos me miraban y no sabía porqué. Fue mi hermano quien me explicó que no todos los días un total desconocido le complicaba la vida a semejante jugador que estaba acostumbrado a hacer puntos con el revés de cocos. Al no tener idea yo de la diferencia (sin técnica jugaba con golpes y muy poco efecto) entre un jebe normal y los cocos, jugué sin problema pero era una de las pocas veces que W.A. miraba a su entrenador como preguntando por qué yo podía pasarla la bola tan fácilmente. Estando 19 - 19 en ambos sets me hizo dos saques que nunca pude responder (asumo que con efecto lateral). A pesar de perder ese partido ganamos el encuentro, ya que mis otros dos compañeros ganaron sus partidos y pudimos clasificar a la final de 6 equipos de ADECORE donde se jugaba todos contra todos. Sin embargo esa es otra larga historia...

jueves, 9 de septiembre de 2010

El Cocinero

Cuando tenía aproximadamente unos 11 años y ya me había empezado el ataque de hambre causado por el jarabe Rarical (ver entrada "Los Primeros Males"), me vi obligado a aprender a prepararme cosas que comer. Ya no podía vivir solamente de las galletas que vivían en las 4 latas del respostero del comedor. Además siempre me era complicado tener que subirme a una silla para alcanzar una lata llena de galletas que era casi de la cuarta parte de mi tamaña y tenia un peso similar. Entonces decidí sacar provecho de mis dotes de observador y empecé a investigar qué cosa me sería más fácil preparar por primera vez. Después de un mediodía de husmear en la cocina lo que hacían mi abuela y la empleada de entonces, ya había establecido mi primer objetivo: haría un huevo frito.

Había visto que utilizaban dos modalidades: a la sartén le echaban aceite o margarina para que se derrita y evitar que el huevo se pegue. Como a mí nunca me gustó la yema entera veía que el huevo lo abrían y metían en una taza para batirlo antes de meterlo al fuego. Como la primera vez que quise abrir uno; golpeándolo contra una mesa como había visto que hacía mi abuela; se convirtió en un desastre pegajoso de color amarillo y blanco, opté por utilizar una técnica diferente. Con el abrelatas abría un pequeño orificio para sacar la clara dentro de una taza y con el huevo ya semivacío no importaba si no lo rompía bien, además el huequito servía para debilitar la cáscara y llevar la yema a puerto seguro. Una vez derretida la mantequilla en la sartén y el huevo batido en la taza, lo que restaba era muy simple: echar el huevo batido en la sartén. Teniendo en cuenta mi tamaño, el de la sartén, el vaivén del huevo dentro de la taza y ser mi primera vez, el poder freírlo yo solo constituyó toda una hazaña. Fue el primer huevo más agradable que comí en mi vida. Lo había logrado yo solo.



Latimosamente comprobé que la cocina no estaba en los genes de toda la familia. Cuando mi hermano mayor se dio cuenta que podía realizar mi propio autoservicio y que también había ampliado mi gama a tortilla de huevo con hotdog, se empezó a antojar de lo mismo como lonche y me pidió varias veces que le preparara lo mismo a él también. No tenía problema pues me gustaba preparar cosas, pero decidí que llegó un momento en que él también debía aprender. No por nada era mayor que yo. Le expliqué detenidamente paso por paso cómo freir un simple huevo y cometí el error de retirarme de la cocina a atender otros asuntos más urgentes (como jugar con mis legos).

Cuando llegó a mis oídos una voz de auxilio bajé corriendo a la cocina y mi hermano se empezó a reir de la expresión de desconcierto que debo haber puesto. Parado en medio de la cocina, con la sartén en una mano y la espátula en la otra me preguntó: ¿Y ahora qué paso sigue? mirando al batido de huevo esparcido por todo el piso de la cocina... Desde entonces me vi obligado a ayudarlo con los lonches en lo sucesivo ya que representaba un peligro su presencia en la cocina. Para ser justo puedo decir que hoy cocina mil veces mejor que yo, pero al menos no le salen los mismos postres que aún hago de vez en cuando.

domingo, 15 de agosto de 2010

Fracasos Sentimentales

En "Mi Primera Desilusión" he contado ya como fue mi suerte con la primera chica que me gustó cuando era niño y en "Mi Primera Metida de Pata" he revelado lo torpe que era con las chicas que me gustaban cuando ya era algo más grande. No sé si se trate de una especie de castigo a través del tiempo, pero casi siempre que una chica me gustaba, algo malo me pasaba en relación con ella. Guardo algunos buenos recuerdos y otros que pueden parecer muy tristes, pero cuando se miran hacia atrás no se puede evitar dibujar una sonrisa.

VV una chica que vivía por mi barrio me gustaba mucho, era de las chicas que podía quedarme mirando durante largo rato. Sin embargo casi no la conocía como persona. Con mi proverbial timidez era difícil que yo iniciara una conversación con una chica, menos si me gustaba. Pensaba que sólo podría tartamudear y/o decir cosas ininteligibles. MA era uno de mis mejores amigos del barrio y el típico conquistador, el que sabía "meter letra", el que bailaba muy bien, y que obviamente tenía un montón de amigas. Y VV era una amiga común así que lo lógico era que terminaran estando juntos. No sería la primera vez que vería a alguna chica que me gustaba terminar de enamorada de alguno de mis amigos y de algunos no tan amigos que digamos. En algún momento pensé que sin saber cómo terminaba uniendo parejas ya que una vez que me fijaba en alguna chica que me gustara, pasaba poco tiempo antes de que estuviera con alguien.



Cuando ya empezaron a invitarme a fiestas, yo no sabía bailar, razón por la cual me pasaba sentado la mayor parte del tiempo. En una de ellas que fue justamente en casa de VV, ella y mi amigo MA me enseñaron a bailar. Es uno de los más gratos recuerdos que aún conservo, me decían que cualquier chica aceptaría bailar conmigo y que debía aprender a hacerlo. Yo estaba seguro de que ninguna chica aceptaría ni siquiera hablar conmigo. Sin embargo, me enseñaron lo que pudieron y en las siguientes fiestas ya asistí sabiendo bailar algo, pero como me demoraba en decidirme a sacar a alguien, ya no quedaban chicas disponibles como pareja de baile. Poco tiempo después empezarían a ir las hermanas de algunos de mis amigas, las cuales eran 3 o 4 años menores que nosotros. Y como me seguía quedando sin pareja y a ellas nadie las sacaba porque eran las "niñas" (todos éramos niños en ese entonces), empecé a sacarlas de tanto en tanto. Un par de años más tarde, una de ellas me empezó a parecer muy atractiva, sus ojos eran lo que más me llamaba la atención. Bailaba con VG pero no hablábamos, no se me ocurría que decirle.

A una de las últimas fiestas a las que asistí fue también HF, quien después de supuestamente haber sido muy amigo mío, me odiaba. Nunca supe porqué pero siempre me molestaba y trataba de humillarme delante de mis otros amigos. Fue el único que logró que perdiera el control de mí mismo por primera vez: cuando ya me hizo perder la paciencia mis manos se convirtieron en platillos aplastando sus cachetes al mismo tiempo. Y entonces cuando le dije que si quería pelear, que de una vez empezara no se atrevió y todos los que estaban se burlaron de él llamándolo cobarde. Su venganza fue decirle a VG que yo estaba "templado de ella". Aún recuerdo que él me preguntó porqué la había sacado varias veces a bailar. Le dije que no me había dado cuenta, lo que era en parte cierto. Cada vez que había una canción que me gustaba la sacaba a ella, pero es que nos parábamos cerca también (¿o yo me acercaba sin darme cuenta?). Lo cierto es que recuerdo que HF se acercó a ella y pude prácticamente leerle los labios mientras le decía que yo le había dicho a él que me gustaba mucho y que si quería estar conmigo, para leer en los labios de ella un muy entendible "no". Mientras veía todo como en cámara lenta sentí dentro de mí sentí una emoción muy grande e indefinible, no estaba seguro si era odio por HF, tristeza por VG o vergüenza por quien pudiera haber escuchado lo que dijeron. Lo único que atiné a hacer fue a sentarme en un rincón y no volver a bailar con nadie más por el resto de la noche mientras trataba de evitar que cayeran lágrimas (de cólera, de tristeza o de ambas).

En la siguiente fiesta a la que acepté ir, estaba VG junto a otras amigas. Mi tristeza fue más que grande al constatar que todas me miraban con cólera. Hasta hoy en día me pregunto si era porque pensaban que no me atreví yo a decir nada directamente, o era porque sabían que una de ellas me gustaba. Preferí mantenerme alejado y dejar que el tiempo borre ese triste episodio. Lo que dejó como secuela es que optara por no revelar jamás a nadie, ni que se note siquiera, cuándo una chica me gustaba o no. Y cuándo alguien me gustaba tendía a alejarme, quizá por ello nunca tuve enamorada durante todo el tiempo que viví en la casa de San Isidro.

domingo, 18 de julio de 2010

Juegos Peligrosos (II)

Quien haya leído la primera parte de Juegos Peligrosos habrá deducido que si bien era bastante creativo con los legos de ese entonces, también era bastante desordenado. Mi mamá aseguraba haber encontrado piezas de legos hasta en alguna olla de la cocina. Y siendo la casa de San Isidro donde vivíamos, tan grande, aún me pregunto cómo pudo haber llegado alguna allí. Lo cierto es que no era algo desordenado con los legos sino con casi todos mis juguetes. Tenía muchos que eran herencia de mis hermanos: siendo yo el menor heredé soldados, carros, legos, y todo tipo de juguetes aparte de los que me regalaban en las navidades. A pesar de tener un closet con varios pisos para guardarlos, más de una noche durmieron en el piso de mi cuarto. La razón era muy sencilla: los soldados debían cuidar el fuerte que había armado con los legos, los autos debían estar en la cochera que se les construyó con los bloques del dominó de madera, los muñecos grandes como "Blaster" (un transformer que se convertía en radio) o "Beastman" (fiel escudero de "Skeletor", de la serie "He-Man") debían estar al tanto de las naves espaciales que podían aparecer, todas construidas con el "Mecano". Era lógico que no era posible guardar los juguetes, ninguno podía darse el lujo de dormir.

Por cierto, el "Mecano" era un juego de piezas de metal con huequillos y venia con una cajita de tornillos y tuercas. Me fue otorgado con un sermón previo acerca de mantener las piezas cerca (de preferencia dentro) de su caja. Venía con un manual de cómo construir barcos, carros, camiones, puentes, molinos... era como para derretir el gusto de alguien acostumbrado a unos simples legos. La importancia de cuidar este juego no era solo porque era como entrar a un nivel más alto, sino porque era uno que había pasado de generación en generación, y había el temor de que lo pierda dados mis antecedentes con los juguetes en general. Y me esmeré tanto que hasta ahora tengo el juego guardado en una caja, con la mayoría de piezas intacta y esperando a ver si mi sobrino se vuelve el candidato a siguiente heredero.



En cuanto a autos, heredé muchos de mi hermano: de fierro, de plástico, autos, camiones, carros de carrera. Lo único que nunca tuve fue una pista de aquellas con autos eléctricos donde estos realizaban acrobacias pues resultaba muy caro para la economía familiar. Sobre soldados había de todas las nacionalidades: árabes, norteamericanos, beduinos, europeos, vaqueros, todos mezclados con muchas réplicas en amarillo plástico de los personajes de Mafalda. Nunca supe cómo fue que llegaron, sólo que los teníamos a montones. Aparte de los soldados teníamos muñequitos de extraterrestres, presumiblemente personajes de Ultrasiete que venían en el chocolate "Juguete" de Motta. Esos eran mis preferidos de niño, no sólo porque me parecían deliciosos sino porque traían pequeños juguetes, de ahí el nombre. Hace no mucho vi que aún los vendían... pero no me llaman mucho la atención hoy en día, por alguna razón prefiero los chocolate "sublime".

Como tenía muchos carros. muchos legos y muchos soldados necesitaba un campo de juego bastante grande y si bien nuestros cuartos en la casa de San Isidro lo eran, el jardín de mi abuela ganaba por goleada. Aparte que para mis soldados parecería una gran selva donde podían perderse, enterrarse, o subirse a los árboles. Se podía utilizar catapultas con pequeños bloques de tierra, hacer caer a los soldados desde alto sin que corran riesgo de romperse. Los únicos riesgos eran que se mojen o que se pierdan en la improvisada selva. Lo bueno es que de hecho sobrevivirían así no se les encontrara de nuevo. Las nuevas aventuras duraban lo que duran el verano o la primavera. Durante las otras estaciones hacía mucho frío como para jugar así no más en el jardín y menos con la manguera. Con las mudanzas que tuvimos años después muchos juguetes se perdieron y muchos tuvieron que ser regalados. Pero aunque suene a frase trillada, muchos de ellos siempre quedarán en mi memoria como mis más fieles compañeros de juego durante esos primeros años.

sábado, 1 de mayo de 2010

Lindos Paseos, Terribles Canciones

Los fines de semana, de preferencia los domingos solíamos ir al Country Club El Bosque en chaclacayo si era invierno o nos íbamos a la playa si era verano. En este último caso nuestro destino favorito era Santa María, una de las playas del sur (ya que en la semana íbamos a La Herradura, en ese tiempo aún limpia y sin un mar pestilente).

Nuestro vehículo era un Plymouth Valiant del 68, es decir, un lanchón color verde claro en el cual cabíamos los seis integrantes de la familia: mis dos padres, mi hermano, mi hermana (ambos mayores que yo), mi abuela (si no se sentía mal de salud que era lo habitual) y por supuesto yo. Los viajes a la playa los sentía menos largos que al Bosque, quizá porque había menos tráfico o de repente por una errada percepción de tiempo. O de repente porque a Chosica era de subida y a la playa de bajada y nuestro auto (bautizado años después como "La Palta") no era muy veloz que digamos.



En cuanto a la playa, nuestra indicación era un gran pino que había al lado derecho de la carretera. Esa era la entrada a Santa María y siempre sospechábamos que el día en que ese pino no estuviera no sabríamos cuál era nuestra entrada. Varios metros de camino nos llevaban a la pequeña caseta de pago. Recuerdo que no era muy caro y que dejamos de ir cuando el costo de S/.20.00 soles nos parecía un robo tan solo por poder estacionar cerca a la playa y no tener seguridad alguna. Como difícilmente encontrábamos lugar para la "Palta" cerca a la playa, solíamos estacionar el auto arriba, cerca a los edificios en la zona residencial, cuidando de no estorbar ningún estacionamiento y bajábamos unas muy largas escaleras para poder acceder a la playa. Mientras íbamos bajando tratábamos de ver por donde había algún sitio libre, como la playa era bastante grande siempre hallábamos dónde instalarnos con sombrilla, banquito (que alguna vez papá rompió con su peso), toallas y los indispensables cooler y gran termo con los sánguches y el refresco que serían nuestro almuerzo.

El regreso sería algo tortuoso: después de un día de sol y relajo teníamos que regresar al auto. Es decir, subir por la maravillosa escalera que nos llevó a la playa. Una cosa es bajar por ella con ayuda de la gravedad y con un destino apetecible como bañarse en el mar, dormir al sol, y divertirse y algo muy diferente es estar totalmente relajado y mirar un promedio de 80 escalones con 2 descansos, cargando maletines, sombrilla, cooler, etcétera hasta llegar al auto que nos llevaría de vuelta a casa. Claro que más agotador sería para mi padre que debía manejar de regreso hasta Lima. Entonces, para evitar dormise cantaba durante el camino de regreso. Esto ocasionaba sentimientos encontrados en sus nosotros, sus tres hijos. Obviamente no nos convenía que se quedara dormido para poder llegar todos sanos y salvos a casa, pero tampoco nos dejaba dormir a nosotros durante el regreso así que terminamos odiando que cante. Lo más desesperante era que cantara siempre las mismas canciones que estaban bastante pasadas de moda. El solía decir que las canciones de nosotros sólo tenían un compás y que eran muy simples (¿facilistas?) y que eso no era música (¿me escuché a mi mismo decir lo mismo de cierta música actual?) porque la que el cantaba tenía 2 compases o más. Teniendo en cuenta mi edad y mis pobrísimos conocimientos de música (hasta ahora) sus respuestas me sonaban a una especie de spanglish mezclado con esperanto, es decir, no entendía nada.

Igual era cuando regresábamos de chosica: mi padre necesitaba cantar de regreso. Nnca escuché una sola de esas canciones en radio si no años después en algún karaoke cuando alguna persona mayor evocaba canciones "del ayer". Puedo decir que aún hoy me sé de memoria la letra de alguna de esas canciones, no sé si mi memoria privilegiada no me deja olvidarlas o las escuché tantas veces que se quedaran grabadas como cn fuego. Mi hermana y yo urdimos un plan para evitar aquellas canciones que nos parecían tan lastimeras como anticuadas: decidimos cantar nosotros. Siguiendo la máxima "si no puedes contra ellos, úneteles" empezamos a cantar nosotros durante los caminos de regreso. Nuestra canción favorita era "Me pongo a pintarte" de Guillermo Dávila. No estoy si favorita o es que era la única de la que sabíamos la letra ya que era la canción de una novela protagonizada por el mismo Guillermo Dávila. Y hay que ser sinceros, cantábamos demasiado mal. Cuando nos cansábamos era mi padre quien empezaba sus cantos. El objetivo parecía ser siempre el mismo, todos íbamos despiertos durante todo el camino. Los mejores regresos siempre fueron aquellos en que habíamos tenido tanta actividad física que despertábamos en el auto, ya guardado en el garage de la casa, donde nos habían dejado aún sospecho que para que no intentemos volver a cantar o por pena de interrumpir un sueño tan reparador.